domingo, 22 de abril de 2018

                                            El señor Felipe

   Me ha venido a la memoria el recuerdo de un personaje, tan singular
 como afectuoso, del viejo Madrid de allá por los años 60, que desarro-
llaba su profesión en el castizo, ya no tanto, barrio de Lavapiés.
   El señor Felipe era de profesión barbero, hijo y nieto de barberos,
 en cuya generación tal vez existió alguno sacamuelas, pues fueron
 profesiones afines. Desarrollaba su cometido en un pequeño habitáculo
 anexo a una tasca, al que se accedía descendiendo tres peldaños que
 a más de uno dieron un susto.
   Siempre tenía un ayudante-aprendiz al que de vez en cuando dejaba
 hacer sus pinitos, amén de las labores de limpieza y que no solía
durarle mucho, ya que solo se nutría de las propinas que recibía de
los clientes al pasarles el cepillo final. Y claro está, en cuanto aprendía
 un poco el muchacho tomaba las de Villadiego, o sea que se evaporaba...
    El señor Felipe sabía un huevo de toros y de futbol no digamos...,
en su local había fotos de los más destacados de la época, a los que
 por supuesto había visto actuar personalmente.
  Daba unas conferencias de órdago a los sufridos clientes, aunque a
 algunos les iba la marcha,   A veces, al ir a recoger un utensilio, se
 adornaba con una manoletina o una chicuelina, que dejaba pasmada
 a la parroquia. A mi me caía muy  bien porque me llamaba chavalín
 y nunca me cobraba, por ser familiar de un amigo, pero yo después
 le invitaba a un chato en la taberna de al lado.

 Son recuerdos del aquel viejo Madrid donde un  duro siempre eran
cinco pesetas....

lunes, 26 de febrero de 2018

La Revista ha muerto, viva el Musical.


             La Revista ha muerto, viva el Musical.

La música en su punto álgido se hacía dueña
del foro teatral. Eran las últimas notas de aquel 
entretenido espectáculo que aglutinaba situa-
ciones cómicas, chistes fáciles, coros de 
bailarinas de cuerpos semivestidos,
canciones de las vedettes (con más voluntad
que acierto), decorados deslumbrantes, orquesta
activa siempre acaparadora y todo ello 
formando parte de un libreto intrascendente,
hábilmente diseñado para rellenar espacios.
La apoteosis final hacía que los entusiastas
del género despidan en pie a los protagonistas
de la función.
Ellos por su parte, y en riguroso orden 
de importancia, aparecen en el escenario 
saludando con profusión al público, se 
inclinan cortésmente extendiendo sus brazos y 
miradas hacia todos los asistentes con la 
sonrisa del agradecimiento iluminando sus
rostros. Por último la espléndida vedette, 
la hembra central del espectáculo, embutida
en un carnavalesco y despampanante bikini
de plumas, recorre, seguida fielmente por
todo el elenco de la compañía, la pasarela
del escenario, enviando amorosamente al
público ostensibles gestos cariñosos que
hacen la delicia del aforo, ella apenas puede
gesticular dada la aparatosidad del traje que
luce, pero en su amplia sonrisa se concentra
la gratitud y simpatía que almacena.
Era la apoteosis final de LA REVISTA. 
Aquel espectáculo, en apariencia carente
de calidad, con diálogos a veces absurdos
y música facilona, que sin embargo llenaba
a rebosar los teatros madrileños con el público
más diverso.
Porque la revista gustaba, sus pegadizos
números musicales se tarareaban por las calles
madrileñas y las bailarinas eran asediadas en 
las puertas traseras de salida de personal de los
teatros. Yo todavía rememoro el Pichi de Celia
Gámez en el Alcázar, Soy madrileña de Maruja
Díaz en el desaparecido Fontalba, y a la novia de
Madrid Ana María, con el encanto de Queta 
Claver, en el teatro Martín, también la simpatía
 arrolladora de Lina Morgan, la reina de La Latina.

La revista ha muerto, desaparecido, sustituida
por grandiosos musicales importados, Mamma mía,
Jesucristo Superstar, El rey León y otros muchos 
de alta calidad. Pero el gracejo, la alegría y el sabor
popular de la revista, dejaron huella entre los que
antaño salíamos con las manos rojas de aplaudir
de los coliseos de la villa del Oso y el Madroño.


viernes, 3 de noviembre de 2017

Humor entre rejas


   Dicen que a aquella prisión sólo iban chorizos de poca importancia, pero como en aquella época el tener la mano un poco larga estaba muy castigado, los habitantes del trullo pasaban largas temporadas en amor y compaña.

   Allí estaba” el rapidillo “, Andrés, así apodado porque  se ponía en la cola de un cine, y en menos que canta un gallo desaparecían doce carteras. También estaba “el gallinero”,  Paco, conocido por su arte para robar gallinas mientras dormían la siesta. Era muy admirado, ya que nadie sabía cuando dormían la siesta las gallinas y todo el mundo se lo preguntaba, pero el puñetero no soltaba prenda. Luego estaba Rafael “el pelucas”, que le habían pillado tras robar en los mismos almacenes siete veces, pero con una peluca y gafas de sol distintas cada vez y decía que tuvo mala suerte. Pero el más distinguido era don Antonio, don Antonio siempre iba hecho un dandi, con su sombreo cordobés y alfiler fluorescente en la corbata. Don Antonio vendía entradas para los teatros en la mesa de un café a mitad de precio, decía que eran de la Asociación de Artistas Jubilados. Las entradas las fabricaba su cuñado, un guripa que tenía una pequeña imprenta, donde fusilaba las entradas originales. Entre los dos armaban cada overbooking en los teatros de Madrid, que a veces acababan a tortas entre asistentes, acomodadores y guardias. Una vez se despistó y se fue al teatro con una entrada falsa y le cazaron como a un conejo, siendo reconocido por sus irritados clientes.
   Bueno pues así sucesivamente, hasta unos veinte individuos.
   El problema que tenía aquella prisión, era que cada dos por tres se averiaba el televisor y durante los ratos de ocio, los pobres reclusos no tenían otra opción que sentarse en corro y contar chistes, así mataban las horas de relativo asueto. En general era gente muy ocurrente y lo pasaban bien con el invento.
   Pero ocurrió que una vez metieron entre rejas a un inglés, pecosillo él, de los que toman el sol con colador y que solo chapurreaba algo de hispano,  a la hora del recreo se lo llevaron al corro y lo sentaron entre ellos. La sesión comenzó y uno dijo:
  ―  El siete.
Algunos se reían un poco, pero en general pasó inadvertido. Otro dijo:
  ― El dieciocho.
Aquí sí, las risas fueron más abundantes.
Y así, sucesivamente, número tras número, transcurrió aquella tarde.
El inglés no entendía un pito de aquello y  le preguntó al pelucas.
  ― Yo entendeg nothing, seg chistes muy gagos.
  ― Mira pelirrojo ― le aclaró el citado― es que llevamos aquí tanto tiempo que nos los sabemos de memoria y para no repetirlos, pues los tenemos todos numerados y así vale.                                                                                     
  En la siguiente reunión, los asistentes procedieron a más de lo mismo y el aburrimiento se apoderó de los contertulios. De repente se levantó el inglés y dijo con energía:
   ― El cuagenta…
    Y la masa carcelaria prorrumpió en un estallido de risas y alborozo que dejó sorprendido al hijo de la pérfida Albión. Se retorcían por los suelos y algunos hasta lloraban de risa.
   El inglés se dirigió extrañado al  pelucas y le inquirió.
  ― ¡Pog lo visto seg muy bueno el cuagenta….!
   El pelucas, que también se retorcía de risa, hizo lo posible por contener el  alborozo  y le  aclaró:
―  ¡Qué va, es malísimo…, lo que pasa es que tienes un salero…



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lunes, 30 de octubre de 2017

Los puntos sobre las ies



Clavó su mirada en la del bigotudo con decisión, se puso en jarras y le increpó con malas pulgas:
― ¿Qué…, hoy no tienes nada que reprocharme…? ¿Estás en baja forma, no se te ocurre nada…?. ¡Cariño la paella estaba aceptable…! Bueno el arroz un poquito pasado y los langostinos, al ser congelados, tenían ese saborcillo que le da el ácido bórico, pero por lo demás muy acertada… La camisa tiene una arruga en la manga e imagina si tengo que quitarme la chaqueta por ahí…Las lenguas se disparan. Mañana acudiremos a una reunión, ¡por favor, estemos a la altura correcta…! y no saques a la luz esos chismes de la tele: ¡Qué si la Esteban…Qué si la Pantoja…! No saques a colación temas tan vulgares. Las señoras finas hablan de Armani, de Christian Dior, o algo así…Y no realices demandas tontas. El otro día cuando la Sra. de Guzman pidió un capuchino italiano en el café, dijiste que preferías un costalero de Valladolid…Cuando te pones fina, la cagas… Es muy importante mostrar clase…

(El bigotudo ni se inmutaba…)

―¡Clase…, clase… La clase de cursi redomado que eres tú, exigente, dictador! Si ya me lo decía mi madre…, tu marido es tonto del culo, ¡y yo que te hacía caso porque me tenía dominada el hoyito de tu mentón…!
―¡Pero se acabó…! ― dijo reafirmándose en su postura de verdulera
―¡Ahora me vas a oír… si puedes, que lo dudo! ¡Sabes lo que es esto!― voceó haciéndole un ostentoso corte de manga ―¡pues esto es que te voy a poner los puntos sobre las íes…!
   La escarpia no aguantó más, abandonó la pared de repente y permitió que el cuadro se hiciese mil pedazos contra el suelo.

( El bigotudo como si tal…)

Mi barrio



Casi sin querer he percibido una conversación, en la mesa vecina del café que frecuento, que me ha hecho pensar sobre su grado de certeza. Intentaré describir lo mejor posible los comentarios escuchados.
  Decía uno de ellos:
―A mí esto de las nacionalidades, de las regiones, de las provincias, etc. que hacen a muchos sacar pecho y provocan la consiguiente discusión comparativa, así como el afán desmedido de exaltar la propia idiosincrasia, con el evidente fin de ponerla un peldaño superior a las ajenas, me parece ridículo. Es más creo que lo verdaderamente importante es el concepto de barrio.
―¿Cómo de barrio…? — interrumpía el otro — explícate…
―Verás, a mí lo importante, lo que me interesa es mi hábitat, la zona en que vivo, el ambiente que me rodea.
  Y para definirlo, no hay nada más sencillo que la palabra barrio.
  No importa donde se haya nacido, o vivido largo tiempo sin llegar a echar raíces, lo que importa es lo que te rodea habitualmente, lo que respiras a diario y eso es mi barrio.
―Bien, pero el concepto barrio es un término poco…, digamos técnico. Así de pronto, parece referirse a unas manzanas de viviendas, más o menos definidas, que formando un núcleo y cuyas agrupaciones dan lugar a las ciudades, entonces…
—Te equivocas, verás, mi barrio empieza en mi casa, en mi familia, en mis amigos presentes o ausentes, en los vecinos que saludo a diario al cruzármelos en la escalera o en la calle.
  El barrio no está compuesto solo por casas. Mi barrio es la cafetería en la que tomó un cortadito todos los días, es el puesto de periódicos que visito, es la vendedora del cupón de ciegos a quien a veces me dirijo. Mi barrio es el corto camino que me conduce a la cercana playa, e incluso su Avenida, que por su amplitud también pertenece a otros barrios.
  Mi barrio son las palmeras, algunas algo decrépitas, que pueblan las calles adyacentes es el olor que desprende el pan caliente del horno cercano.
  También es mi barrio, ese extranjero que se sienta frente al super, accionando un acordeón de aires tristones y solicitando una ayuda, el perro perteneciente a cierto paseante, con el que a veces me cruzo y nunca me saluda y que por cierto me mira con aire de desconfianza (conocerá que platico contra las meadas caninas).
  Mi barrio es el supermercado, que cada día cambia los anuncios de sus ofertas. Es la tienda de todo un poco, que a veces recorro sin fin alguno.
  Mi barrio es la humedad ambiental en los días de calima y ese fresquito que circula en los atardeceres en primavera.
  También mi barrio son esos bancos que se me ofrecen, y utilizo a veces, para alivio de las articulaciones y el estanco de las quinielas donde la ilusión se estrella tantas y tantas veces.
 En fin mi barrio son muchas cosas, supongo que como el de cada uno, y que constituyen mi vagar diario. El barrio no tiene dimensiones, puedes extenderlo hasta donde tu necesidad de campo vital precise, admite cambios de decoración y de personajes.

  Mi barrio es todo eso, mi juventud y mi patria es todo eso y mucho más....

lunes, 14 de agosto de 2017

Un libro de grata lectura.


  Hacía tiempo que al plegar la última página de un libro, tras su término, no percibía una sonrisa de gratitud en mi cara y un sentimiento optimista. Luego comprobé que se trataba de un best seller en Francia en 2016, no puedo menos que recomendar su lectura, se trata de "Esperando a Mister Bojangles" basado en una canción de Robbie Williams.
  Es una hermosa novela con imágenes de tinte surrealistas, con sentido del humor y una dulce melancolía, que procede de la canción que inspiró el título, y que se inicia con un tinte frívolo finalizando con una sensible emoción.
  Describe un espacio de fiesta perpetua donde la amistad, el gozo y la simpatía tienen un lugar destacado, sin embargo este precario sentido de la realidad puede tener un final imprevisto.

  Aquellos que disfrutan de matices novelescos distintos no deben perdérsela.

viernes, 24 de marzo de 2017

Teatro Español


  Las luces se van extinguiendo lentamente hasta la oscuridad total y el telón rojo del teatro Español se eleva con majestuosidad. La función va a comenzar, es una obra extraña, Ushuaia, la ciudad más austral del mundo, allá por la tierra de fuego. Un hombre revive su pasado buscando una salida imposible. La perfecta dicción de José Coronado nos introduce en un problema de difícil solución.
  Pero mi imaginación, y sin poder evitarlo, voló a otras épocas cuando sobre este escenario, quizás el mas significativo del país, se desarrollaron obras inolvidables tales como Edipo y La vida es sueño, con el gran Paco Rabal, Un soñador para un pueblo, por el polifacético Carlos Lemos, Diálogos de Carmelitas y el Diario de Ana Frank, con aquella genial Berta Riaza, Seis personajes en busca de autor, maravillosa Asunción Sancho, Historia de una escalera y El tragaluz, con un versátil Luis Prendes y tantas y tantas obras que fomentaron en mi estima el amor por el inigualable arte de Talía.

¡Qué grande es el teatro español...!