miércoles, 6 de mayo de 2020

Curiosidad



                                         Curiosidad

Ya estamos otra vez en guerra, frente al ordenador con la intención de contar algo. <<Escribe, escribe mucho, para aprender a escribir>> perece que decía un tal Flaubert, apoyando el arte singular de juntar letras, producir palabras y transmitir pensamientos. Yo, que me considero un ávido lector y un aficionado escritor, a veces no encuentro tema interesante que exponer,  hay días nublados, pero me arriesgo a tal práctica contando con la tolerancia y beneplácito de mis posibles lectores, a los que agradezco un mucho su sacrificio.

Trataré hoy de relatar una profesión desaparecida que al leer un libro muy detallado de la historia de Madrid, he recordado y presenciado de hecho dicho ocupación. Parece ser que allá por mil setecientos y pico se produjo en el barrio de Lavapiés un pavoroso incendio  que destruyó unas cocheras con cuanto albergaban, es decir transportes de todo tipo de la época, se supone eran carromatos de tracción animal, que precipitaron al paro a cientos de operarios. Entonces y antes que el hambre hiciera acto de presencia, las mujeres de los cocheros idearon trabajar en sus viviendas la hoja de tabaco. Surgieron de hecho las cigarreras o tabaqueras.  Aún por los años 50  personalmente presencié la fabricación manual de cigarrillos en una casa que visitaba con frecuencia por amistad. Algunas veces, junto al inquilino, y con un pañuelo estilo cow-boy sobre boca y nariz, picábamos con un utensilio la hoja de tabaco hasta porciones mínimas, labor por cierto poco agradable. La señora empaquetaba los cigarrillos y los servía por encargo a domicilio a precios asequibles. Es decir que esta profesión surgió ante la falta  de trabajo. No deja de ser una curiosidad ignorada por la mayoría.

 

miércoles, 8 de abril de 2020

La Póliza



                                  La Póliza.

 

Acabo de leer una novela, de las antiguas, de las buenas, en las que se hacía referencia a esta palabra, que fue maldita para muchos y durante mucho tiempo.

Siempre que se cursaba alguna solicitud, sea del tipo que fuere, el agrio, por lo general, ocupante de la ventanilla de atención al público, tras calarse a fondo las gafas y leer detalladamente el contenido del escrito, levantaba la vista y lanzaba la pregunta maldita . “¿Y la poliza…?”

Generalmente en los organismos oficiales y para mantener el orden se aposentaban una pareja de  Grises, Policía nacional, que paseo arriba y abajo intimidaban a la concurrencia sin duda con la mejor de las intenciones.

Al recibir la airada pregunta del ventanillero y observar de reojo el vaivén de los antes citados, automáticamente te ponías amarillo y con sensación de diarrea.

    ¡Ay madre que es eso…¡—exclamabas con la voz en un hilo.

    Pero hombre, ¡no sabe usted que las instancias tienen que ir acompañadas de una póliza…!

    ¿Y eso que es…?

    Pues mire es una especie de sello, como los de correos, que venden en los estancos. En la esquina hay uno.

Dirigido al estanco y tras la pertinente cola, ya era la segunda que hacía, el estanquero me inquirió: “¿Una póliza  de cuánto…?

— ¡Sopla…yo que sé…!, mire yo lo que quería es tirar un tabique…

— A mí no me cuente usted su vida. ¿De cuánto …!

—¡Qué precio tienen …?

— Pues de 5, 25, 50 pts…

—No sé …, como el tabique es pequeño, démela de 25, creo bastará.

Personado de nuevo en la oficina relacionada, pretendí saltarme la cola, pero ante el abucheo general uno de los grises me señaló el final de la cola. Tercera.

—Hombre usted otra vez…

—Sí, con la póliza de marras…

      —Aquí sobra dinero…

      Una vez sellada,  recepcionada  y con el resguardo en

     mano, añadí:

    Quédese la vuelta y sonría …¡coño..!.





                                                  



               


domingo, 5 de abril de 2020

ADAS



                   Suplicada  y  Subrayada.     

Aquí tenemos dos “adas” que tienen para mi sus recuerdos. Tiempo ha, pero  mucho ha, hice cola en la venta de sellos de Correos y Telégrafos de mi pueblo y al retirarme de la ventanilla para pegarlos en sus sobres correspondientes, una señora mayor me pidió que escribiera con mayúsculas  “SUPLICADA”  en un sobre que me tendió. Yo, que ignoraba este procedimiento, le ofrecí un sello al efecto pero lo rechazó diciéndome: “no hace falta, con esto llega…” Estoy hablando de los años cincuenta y tantos, claro está que no andábamos muy boyantes. El caso es que yo , recordando aquello y pasados algunos años, ensayé la maniobra. Y funcionó…, la carta llegó a su destino. No sé qué pasaría en la época actual pero me imagino la cara del sellador de aquellos tiempos  al ver que no había sello alguno, se diría: “pobre hombre o mujer…” y, con una sonrisa, sin más la pasaría por alto, estampando el sello correspondiente. Hoy en día, ¿haría lo mismo…? No sé…

   El otro “ada”, subrayada, tiene otra miga. Sobre las 15 ó 16 años yo solía ir los domingos al futbol, a ver a mi Madrid y lo hacía en compañía de algunos amigos, pero un día Iba a llegar un poco más tarde, como mis amigos eran los que sacaban las entradas me dijeron: “tu entrada se la dejamos al portero de la puerta 31, pregunta por Manolo…”

  Total que llegué con 15 minutos de retraso y el tal Manolo me entregó un sobre que anunciaba “para entregar a José Luis Guijarro “. Pero sin subrayar el nombre, aquello me mosqueó…Yo cuando envío algo a alguien subrayo con firmeza el nombre del destinatario. que no quepan dudas. Más que mosca, contemplé el espectáculo y a su término increpé al remitente del sobre…, por la ausencia de la rayita.

Claro…, aquella tarde perdió el Madrid….     J.L.G.R.  

sábado, 28 de marzo de 2020

Relojes



   Relojes. (tema  nada profundo, pero no doy para más..)



En esta más que triste tarde de Marzo, y eso que dicen ha empezado la primavera, de cielo grisáceo y feo se me ha ocurrido observar los cuentamomentos, es decir la variedad de relojes que en el salón de mi casa tengo a mi disposición. En primer lugar el que está colgado en una pared, imitación de los antiguos con sus contrapesos colgantes, que no hay forma de que deje de adelantar o retrasar según gire en un sentido u otro una tuerca ubicada en el péndulo. No hay forma de que el jodido aparato trabaje con exactitud y como me tiene harto…, he optado por ponerlo en hora con frecuencia y que me sirva solo de adorno. Luego está otro en el aparador, incrustado en una figura de porcelana, este más o menos cumple con su trabajo pero como me pilla un poco de lado, lo consulto raramente. El rey es el digital, con números bien visibles situado bajo la televisión, el más consultado que muestra asimismo fecha y temperatura, también es el inquilino más reciente. Por último mi reloj de muñeca, un modesto y rectangular Viceroy, ya algo veterano, pero que funciona como un clavo. En el cajón de mi mesilla de noche se albergan otros varios, adquiridos en tienda de saldos de la materia de la calle Bravo Murillo de Madrid,  que por su aspecto llamativo a veces me encaprichan, pero de dudosa calidad.

Esto me hace recordar la historia de mi primer reloj.

Tendría yo unos 16 años o por ahí. Me examiné por libre de la Reválida del Bachiller, estaba interno en la Escuela de Carabanchel, obteniendo el título ansiado. Mi madre se puso muy contenta y me llevó a una relojería de la calle del Carmen, recuerdo que era un primer piso, y eligió un Certina que me ilusionó notablemente. Lo conservé muchos años, era de cuerda obviamente, y no recuerdo que fue de él.   

Pero los que a mí me gustaban eran aquellos antiguos de cuco, en los que el sonido de la hora era acompañado, a veces, con la aparición del pajarillo. Algunos, prodigiosamente diseñados eran sumamente simpáticos, y uno, en su tierna mocedad, no podía evitar  una sonrisa de complicidad ante su inesperado cacareo.   

En el Palacio Real existe una sala dedicada a los relojes, los hay bellísimos y sofisticados y más de un rey prefirió entretenerse con ellos a los sórdidos asuntos de Estado.



                                                  J.L.G.R.








viernes, 20 de marzo de 2020

El buscón.


                                  El buscón.



No alarmarse amigos lectores, no voy a referirme a la famosa obra picaresca del afamado escritor, esa es Buscón con mayúscula, tan solo es que como nos ha dejado el invierno, la época  de la tristeza, “Oh les feuilles mortes sur les parcs…”, de los poetas lánguidos y también de los recuerdos, pues me ha venido a la memoria una historieta acaecida allá por los 50, cuando en compañía de otro adolescente vagábamos por las instalaciones del Buen Retiro madrileño, sin otra obligación que contemplar el estanque, los inexpertos remeros y la acumulación de la hojarasca por doquier, como era de esperar dada la estación pasada.

Repetidas veces habíamos observado como un hombre, ya peinando prominentes canas, de unos sesenta años, revolvía con su bastón los cúmulos de hojas caídas, sin duda para dar lugar a otras renovadas en la próxima primavera, como efímeras inquilinas de paso que se sabían. Revolvía y revolvía por doquier y a veces se echaba mano al bolsillo del abrigo como guardando algo apreciado. Ya cansados de observar su conducta le preguntamos en una ocasión por el motivo de sus pesquisas.

El buen hombre nos miró fijamente esbozando una incipiente sonrisa:

—Veréis, sois todavía muy jóvenes…, es que a veces encuentro alguna que otra lágrima,  las que más suspiros de amores intensos que me impresionan vivamente. Las lágrimas si no son de felicidad, lo aprecio por su color, me las guardo en el  bolsillo para eliminarlas y los suspiros me producen  tan emocionantes sensaciones que luego las plasmo en mis escritos…

   Desde entonces aprendí lo que era ser poeta…


     ¡Gracias  amigo….!

   

jueves, 16 de enero de 2020

SEVILLA

                                   Sevilla…

Me pides que te describa  las  impresiones de mi reciente viaje por Sevilla y la verdad es que no se como empezar.
Si tuviera que encabezar mi humilde descripción con un título diría que Sevilla de noche es un hermoso lucero en mitad del campo andaluz y de día es la fusión de la belleza, la tradición, la música y la alegría en un aroma embriagador de naranjos.
Sevilla es el Guadalquivir que se contonea entre sus avenidas, saluda a la Torre del Oro, bailando por Sevillanas bajo sus puentes galanes.
Sevilla es la Maestranza, la Catedral del toreo, desde cuyo museo nos saludan: Joselito, el Gallo, Belmonte, Machaquito, Paco Camino, Ordóñez y tantos y tantos, que levantaron aquellas clamorosas ovaciones que rebotando en el cielo andaluz, se derramaban sobre el barrio de Triana, de Santa Cruz, de La Macarena, de los Remedios, de Nervión, de Heliópolis, con una cascada de Olés… que hacen mecerse a la Giralda.
Media Sevilla es Curro Romero, el faraón de Camas, y la otra media no lo es,  pero las dos son devotas del arte de Cúchares.
Sevilla es su Giralda, veleta que alegra al cielo y su maravillosa Catedral de belleza indescriptible.
Sevilla es su Plaza de España, donde hay un recuerdo para cada capital, una evocación a sus vecinos, porque sobretodo Sevilla es solidaria.
En los márgenes del Guadalquivir hay juncos que bailan por peteneras y lloran por alegrías, pidiendo al cielo veranos más suaves y lluvias para sus embalses.
 Sevilla es la tierra del naranjo y del pescaíto frito, donde la gente te saluda sin conocerte, donde los días se te hacen cortos al pasear sus calles, al visitar sus museos.
Sevilla también es flor y poesía al recorrer su parque de Maria Luisa, del Alamillo, de la Cartuja, al recrearte en los jardines de Murillo, de San Telmo, de Cristina, del Prado ó del Real Alcázar.
Como toda Andalucía, Sevilla es sol y luz resplandecientes y cuando sale la luna es un espejo de plata.
  
Amigo, seguiría y no pararía, Sevilla es orgullo de Andalucía y de España entera, dice la canción que tiene un sabor especial, yo creo que tiene numerosos sabores fundidos en crisol, del que ha emanado una sustancia etérea, que invade el ambiente y que se llama Alegría.
    Por eso cuando la despedía alejándome en el autobús, no pude evitar levantarme, y con la vista puesta en sus calles, exclamé con todas mis fuerzas:    ¡OLEee…!                                                                                     
                                                                                                                                                                                         

miércoles, 20 de noviembre de 2019

El camarero de .....


Cosas de Madrid : El camarero de la Plaza de Oriente.



Como siempre los cuatro matrimonios íbamos de aquí para allá, trotando por nuestro Madrid sin decidirnos a aparcar en algún establecimiento o terraza, el intentar ponernos de acuerdo sobre el sitio a elegir hubiera sido tarea inútil.

Así pedaleando nos encontramos de golpe y porrazo en una plaza que tenía en medio una estatua con un señor a caballo.

   —Ese debe ser un Felipe…,—dijo C.

   —Bueno, yo sé que en la Plaza Mayor hay un Felipe pero no puedo precisar los palitos, puede ser el III o el IV, añadió R.

   —Desde luego Espartero no es, lo digo por el tamaño de los cataplines del caballo. — agregué convencido.

Las damas, ajenas a nuestro cultural comentario, ya no podían más y estallaron:

   —¡No podemos más, no me siento las piernas, parecen de corcho…!

Las tres restantes acudieron en su auxilio:

   —¡Aquí mismo nos sentamos…!

Y dicho y hecho, en la primera terraza que pillaron se derrumbaron sin miramientos. Un vez encajados en los asientos atendimos a un solícito camarero, quién block en mano procedió a escucharnos.

   —¡Las señoras primero por favor…!

¡Anda éste, nos ha salido redicho…!

   —A, —con voz cansina objetó — Para mí una manzanilla templadita, por favor, se me sale el cocido…

   —G, —más decidida añadió— un riojita me caerá bien.    

   —B, —fue más original— una Coca Light.

   —A (II),—siempre prudente— Un té con limón, por favor.

El camarero, esgrimiendo las herramientas,  ya tenía cara de circunstancias, se veía que la variedad y escribir no eran lo suyo…

     —Bien ahora los caballeros…

   —C, —adelantándose— yo quiero un cubata con hielo

   —R, un refresco de lo que sea, pero bien frío.

           —M. ¿tendría algo de coco…?

       (Aparte de la cara,—pensé yo…)

           —Por mi parte una  Mahou.

           El camarero, tomando aire, comenzó:

          —O sea que una Mahou, un té, un lo que sea …,¡jóder…! (Menos                     mal  que me jubilo el mes que viene…)

        —Compadre… ¿qué te juegas a que el nota no atina en los autores de 
            los encargos...?

          Y al cabo de un rato apareció con una bandeja repleta de vasos y 
           botellas que depositó con determinación en el centro de la mesa.

        —Bueno, aquí tienen, procedan ustedes mismos…—y con los brazos 
          cruzados contempló nuestras elecciones.


       —Ahí veis lo que es tener mili…—comenté.



        Cuando tras pagarle se alejaba me pareció que decía entre dientes: “Si 
         estos vuelven otro día, me da algo…”





                                 .