viernes, 15 de enero de 2016
La reunión
̶ ¿Y dice Vd que vendrá mucha gente a verme...? ̶ Por supuesto y habrá música, flores, peinetas y mantones de Manila. ̶ Y conoceré a un caballo en una tarde de sol brillante, donde los “olés” poblarán el ambiente. ̶ Por supuesto y al final verá Vd. las estrellas... El Miura subió a la camioneta, pero no las tenía todas consigo...
Eso de la libertad
Pues resulta que estaba citado en la Plaza de Callao con unos amigos y decidí tomar el autobús 51 desde
Serrano, con la sana intanción de trasladarme hasta la puerta del Sol y desde allí alcanzar mi destino a base
de piernas. Pero héte aquí que al llegar a la Puerta de Alcalá, el conductor nos anunció el desalojo del transporte urbano, por estar cortado el tráfico en adelante. Una vez apeado dirigí la mirada hacia mi castiza calle de Alcalá y pude distinguir una considerable horda humana, que se dirigía, considerablemente empancartada ( de pancarta, lo acabo de inventar), hacia el alojamiento del Kilómetro cero.
Alguien me explicó que haciendo uso de la libertad de expresión, la multitud se expresaba ordenadamente
en franca protesta por alguna de las leyes en proyecto, al parecer.
Total que hube de recorrer el resto de mi camino en penosa cuesta arriba, resintiéndome sensiblemente en mi sistema propio de transporte, no sin ronronear ciertos juramentos en hebreo y demás lenguas afines.
Para colmo, al alcanzar la cúspide una bípeda me arrebato alevosamente un asiento público, dejándome con las ganas. ¡Hombre estas cosas no se hacen con un aborígen en tránsito...!
Parece ser que haciendo uso de la mencionada libertad, este suceso se viene repitiendo cada vez que a los que mandan se les ocurre dictaminar alguna reforma educativa, laboral, social. o lo que sea; después de
haberlos elegido electoralmente por amplia mayoría, pues la verdad no lo entiendo...y mis piernas menos.
Propongo que primero se pongan de acuerdo y si no lo hubiere se autorice el evento en el Cerro del Pimiento, Casa de Campo o algo por el estilo. Con ello se beneficiaría el mobiliario urbano de Madrid,
que se queda hecho un asquito, se protegería el descanso y el footing quedaría para los voluntarios y no para los ya algo veteranos. ¿No les parece...?
Serrano, con la sana intanción de trasladarme hasta la puerta del Sol y desde allí alcanzar mi destino a base
de piernas. Pero héte aquí que al llegar a la Puerta de Alcalá, el conductor nos anunció el desalojo del transporte urbano, por estar cortado el tráfico en adelante. Una vez apeado dirigí la mirada hacia mi castiza calle de Alcalá y pude distinguir una considerable horda humana, que se dirigía, considerablemente empancartada ( de pancarta, lo acabo de inventar), hacia el alojamiento del Kilómetro cero.
Alguien me explicó que haciendo uso de la libertad de expresión, la multitud se expresaba ordenadamente
en franca protesta por alguna de las leyes en proyecto, al parecer.
Total que hube de recorrer el resto de mi camino en penosa cuesta arriba, resintiéndome sensiblemente en mi sistema propio de transporte, no sin ronronear ciertos juramentos en hebreo y demás lenguas afines.
Para colmo, al alcanzar la cúspide una bípeda me arrebato alevosamente un asiento público, dejándome con las ganas. ¡Hombre estas cosas no se hacen con un aborígen en tránsito...!
Parece ser que haciendo uso de la mencionada libertad, este suceso se viene repitiendo cada vez que a los que mandan se les ocurre dictaminar alguna reforma educativa, laboral, social. o lo que sea; después de
haberlos elegido electoralmente por amplia mayoría, pues la verdad no lo entiendo...y mis piernas menos.
Propongo que primero se pongan de acuerdo y si no lo hubiere se autorice el evento en el Cerro del Pimiento, Casa de Campo o algo por el estilo. Con ello se beneficiaría el mobiliario urbano de Madrid,
que se queda hecho un asquito, se protegería el descanso y el footing quedaría para los voluntarios y no para los ya algo veteranos. ¿No les parece...?
Mi amigo el chino
Bueno en realidad y para ser más exacto debía decir mi conocido el oriental, ya que como explico a continuación, no sé si es chino, coreano, japonés o de por ahí, pero como tiene los ojos rasgados y es bajito, lo primero que se me ha ocurrido es chino, dado que años ha, sólo conocíamos a los de aquel país.
En cuanto a lo de amigo, lo dejaremos en conocido someramente, ya que ni siquiera se como se llama. Pero viste mucho eso de tener un amigo chino….
Bien, pues a mi amigo el chino, o de donde sea, le conocí de la siguiente manera. Acudo normalmente a un establecimiento que solo dispone de dos mesas, ya que su fuerte está en el despacho en barra, dada la premura de los concurrentes. Constituye una proeza ocupar una de dichas mesas, ya que varios semejantes pululan por la zona, para sentarse a leer el periódico mientras saborean un cafelito y digo semejantes porque, al igual que el que suscribe, carecen del odioso deber de fichar a la entrada del trabajo, en el que cesamos por Orden Ministerial, debido a la asiduidad y perseverancia mostradas en acudir al mismo durante excesivos años. Es decir que nos jubilaron.
Bien pues hallándome en la textura de solicitar permiso a un aborígen, que no mostraba rasgos cordiales, o un chino, digo oriental que, tan formalito él, contemplaba como paseaba la gente por la acera próxima, << he de aclarar que las dos mesas están situadas junto a una amplia puerta>>, lo dicho, me decidí por el de los ojos entornados y con un gesto señalando la silla del otro lado de su mesa, inquirí si podía ocuparla.
El procedente del celeste imperio o aledaños, se puso ceremoniosamente en pié y saludándome con dos inclinaciones de cabeza me indicó el asiento vacío.
Bueno pues así empezó la juerga, ya fuera yo el sentado previamente o mi conocido, nos levantábamos y tras dos cabezazos para abajo, invitábamos al otro a tomar asiento.
Mi amigo el chino ó de donde sea, no habla una palabra de español y creo que tampoco de catalán, y yo no se una palabra de lejano oriente, así que cada uno a lo suyo, hasta que nos despedimos con los consabidos cabezazos.
Mi conocido oriental, tiene el pelo blanco, como el que suscribe, usa gafas de lectura también como su compañero y se pasa las horas mirando a los transeúntes o sacando unos papeles rarísimos de su bolsillo, los examina cautelosamente y hace alguna anotación con su bolígrafo. Mientras, yo me zampo el periódico de pe a pa, incluyendo horóscopo y previsión meteorológica y cuando plego gafas y periódico para partir, por lo general él continúa absorto en los transeúntes. A veces nuestras miradas se cruzan y los dos sonreímos con meneíto de de cabeza incluido.
Esta situación es un poco rara y consultando al camarero que se podría hacer, para romper el hielo, el listorro me dice que le pida me ayude a hacer el crucigrama…
Habida cuenta de los mil y pico millones, ¿por qué no nos enseñaron chino en
lugar de latín, mi cuello lo habría agradecido.....
Estaciones...
Sobre cuentos
¡Qué bonitos eran los cuentos...! pero no me estoy refiriendo a los publicados en tebeos o libros específicos que también tenían verdadero interés, me estoy refiriendo a los cuentos relatados por nuestros mayores, padres, abuelos, etc., aquellos cuentos que, generalmente inventados, brotaban de sus labios con la intención de acompañar a los niños en las últimas horas del día, ayudarles a coger el sueño y la intención de que se sumergieran en un mundo de ilusión, distinto del disfrutado durante el día. Un mundo inventado, con personajes inventados y situaciones maravillosas para que así tuvieran el más feliz de los sueños. Yo imagino la escena en que el abuelo, enfundado en su batín marrón estaba sentado entre dos pequeñas camas. En ellas y surgiendo del embozo de las sábanas, podían verse las caritas ilusionadas de un niño de cabellos rizados a su derecha y una niña rubia de pálida faz a su izquierda. El momento era importante y esperado para ellos, habían penetrado rápidamente entre las sábanas con la ilusión en sus mentes, era la hora de los cuentos. La hora en que el abuelo cansado o no, con ganas o sin ellas, comenzaba a relatar a los niños los esperados cuentos. Como era natural y una vez agotado el repertorio de los cuentos clásicos, casi todos tenía que inventarlos sobre la marcha. El primero tenía que protagonizarlo alguna princesa, que por supuesto era bellísima, pero que estaba triste por algún motivo, esta causa desaparecía a lo largo del cuento y al final sonreía y gritaba plena de felicidad, casi siempre un príncipe muy bueno era quien devolvía la alegría a la princesa, bien matando a la bruja, salvándola del dragón y por supuesto casándose con ella. Eran los cuentos que a la dulce Betty le encantaban. Después venía el cuento para Carlitos. Este era algo más complicado pues tenía que incluir coches que corrían mucho, animales fabulosos ó batallas entre buenos y malos. El niño era algo más exigente y obligaba a su abuelo a exprimir su inventiva, pero él lo hacía como si le fuera la vida en ello y sin apartar la vista de la cara del niño para apreciar su interés. Cuando los ojos de los niños comenzaban a caer abatidos por el sueño incipiente, el abuelo esbozaba una sonrisa de autocomplacencia. Había cumplido su misión, los niños ya dormían soñando tal vez con hadas, princesas, o países de ensueño. Pero aquella noche el abuelo rendido, se recostó al lado del niño, tras subirle el embozo de la sábana y cerró los ojos agotado. Un hermoso cuarto creciente lunar se filtraba a través de las cortinas de la habitación en penumbra y dos ángeles etéreos, de esos que atraviesan muros y cristales fueron a posarse junto al trío durmiente. Uno de ellos con sedosos dedos acariciaba las mejillas de los niños y el otro tejió con habilidad una corona de laurel y la depositó sobre las nevadas sienes del anciano, que esta vez también comenzó a soñar con el paraíso. Eran los cuentos…., los bellos cuentos que escuchamos de pequeños y que a la vez relatábamos a nuestros hijos o nietos, tradición que ya escasamente se prodiga. ¡Díganme Vds. si hay algo más hermoso, si algo produce más ternura, que mientras le cuentas un cuento a un niño, el ver como poco a poco se le van cerrando los ojitos…!
El peladito
Ya casi nadie se acuerda de él, unos porque le conocieron poco, otros porque la memoria es así de ingrata, pero yo le recuerdo con mucho cariño. Me estoy refiriendo a aquel simple peladito mejicano llamado “Cantinflas”, interpretado por el genial actor Mario Moreno. Aquel personaje de andares singulares, vestimenta pobretona, gabardina al hombro y gorrito de feria era un ser de una gracia simple, con su lenguaje atropellado y pronunciación mejicana nos hacía estallar de risa con verle simplemente. Pero es que además interpretaba personajes conmovedores de una ternura infinita, siempre queriendo ayudar a quien lo precisara, siendo en su trato con los niños, tan niño como ellos, no dejándose avasallar por los poderosos con sus brillantes disquisiciones, que ni el mismo entendía. Inigualable y gracioso en sus papeles de torero, maestro, piloto, bailarín, peluquero, y tantos otros que nos hacían pasar momentos verdaderamente divertidos y que siempre finalizaba sus películas dejándote un sabor a sentimiento de buen ser humano, sencillo, ignorante porque así quería ser, pero de una candidez francamente enternecedora. Yo, como tantos otros, gocé de sus películas repetidas veces y disfruté a placer con las admirables interpretaciones del querido peladito mejicano. Pasados los años, quiero rememorarte mi admirado personaje, quiero enviarle a través de los cielos mi recuerdo afectuoso en forma de un abrazo al viento, en el que quiero expresar mi agradecimiento por tantos y tantos buenos ratos en tu compañía y en el que supongo incluyo a toda una generación de espectadores que nunca te olvidaremos. Hasta siempre Cantinflas. José Luis Guijarro Rios.
La estacion
La estación.
Las estaciones tenían algo entrañable.
Posiblemente en mayor o menor grado todas lo tengan, pero ahora me refiero a una estación de ferrocarril muy grande, Madrid Puerta de Atocha.
Años ha, podían apreciarse en sus andenes situaciones muy emotivas, despedidas ostentosas a aquellos hijos, que maleta semiacartonada en mano, emprendían la aventura del servicio militar o del trabajo en otra provincia.
Las madres se ponían moradas de lagrimeo mientras los padres opinaban :
“¡ Déjale que se haga un hombre...! “, frase con profundo fondo filosófico.
Yo recuerdo las partidas y arribadas de mi padre, quien por su trabajo viajaba con frecuencia. Acudíamos presurosos a la estación, mi madre y yo de la mano, para recibir al fumigoso ferrocarril, cuya negra locomotora ponía la estación perdida de humo y producía una sensación terrorífica al penetrar.
Había que sacar un billete de andén muy barato para acceder a los andenes y allí aguardábamos impacientes la entrada del monstruo, quien con una estruendosa pitada, decía: aquí estoy. Mi progenitor que era de un vestir impoluto, portaba su cuello de camisa, blanco en origen, con un sombreado parecido al techo de la estación, cuyos cristales eran ya impenetrables por los rayos solares.
Tras los saludos de rigor y sorteando a los maleteros, que se ganaban la vida bajo boina y portando equipajes a precios módicos, salíamos a la calle para luego volver a bajar por la estación del metro, al otro lado de la plaza. Comodísimo…Siempre nos traía un presente que aceptábamos con cariño, pero la mayor alegría era cuando anunciaba: “ ¡Y ahora tres meses en Madrid...! “.
El bendito teatro que nos permitió soportar aquellos años de carestía….
Bueno, no nos salgamos del tema. Las estaciones eran entrañables como he dicho por ser lugares de efusivas despedidas y alegres reencuentros, eran la chispa de la monotonía. Era hasta motivo de alegría decir: “ ¡Mañana voy a la Estación...! “.
Pero la cosa ha cambiado. El público ya no accede a los andenes porque existen unos tornos que precisan del billete de viaje. Se acabaron los abrazos a pie de andén, los pañuelos al viento y las manos alzadas. Casi nadie despide a nadie y si lo recibe es en la cafetería. Ha terminado la ilusión, la espontaneidad del abrazo emocionado. También ha terminado, afortunadamente, el copioso humo y los emboinados mozos portamaletas que nos asediaban con sus carritos.
Pero que quieren...,¡a mi todo aquello me gustaba …!
José Luis.
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