lunes, 26 de febrero de 2018

La Revista ha muerto, viva el Musical.


             La Revista ha muerto, viva el Musical.

La música en su punto álgido se hacía dueña
del foro teatral. Eran las últimas notas de aquel 
entretenido espectáculo que aglutinaba situa-
ciones cómicas, chistes fáciles, coros de 
bailarinas de cuerpos semivestidos,
canciones de las vedettes (con más voluntad
que acierto), decorados deslumbrantes, orquesta
activa siempre acaparadora y todo ello 
formando parte de un libreto intrascendente,
hábilmente diseñado para rellenar espacios.
La apoteosis final hacía que los entusiastas
del género despidan en pie a los protagonistas
de la función.
Ellos por su parte, y en riguroso orden 
de importancia, aparecen en el escenario 
saludando con profusión al público, se 
inclinan cortésmente extendiendo sus brazos y 
miradas hacia todos los asistentes con la 
sonrisa del agradecimiento iluminando sus
rostros. Por último la espléndida vedette, 
la hembra central del espectáculo, embutida
en un carnavalesco y despampanante bikini
de plumas, recorre, seguida fielmente por
todo el elenco de la compañía, la pasarela
del escenario, enviando amorosamente al
público ostensibles gestos cariñosos que
hacen la delicia del aforo, ella apenas puede
gesticular dada la aparatosidad del traje que
luce, pero en su amplia sonrisa se concentra
la gratitud y simpatía que almacena.
Era la apoteosis final de LA REVISTA. 
Aquel espectáculo, en apariencia carente
de calidad, con diálogos a veces absurdos
y música facilona, que sin embargo llenaba
a rebosar los teatros madrileños con el público
más diverso.
Porque la revista gustaba, sus pegadizos
números musicales se tarareaban por las calles
madrileñas y las bailarinas eran asediadas en 
las puertas traseras de salida de personal de los
teatros. Yo todavía rememoro el Pichi de Celia
Gámez en el Alcázar, Soy madrileña de Maruja
Díaz en el desaparecido Fontalba, y a la novia de
Madrid Ana María, con el encanto de Queta 
Claver, en el teatro Martín, también la simpatía
 arrolladora de Lina Morgan, la reina de La Latina.

La revista ha muerto, desaparecido, sustituida
por grandiosos musicales importados, Mamma mía,
Jesucristo Superstar, El rey León y otros muchos 
de alta calidad. Pero el gracejo, la alegría y el sabor
popular de la revista, dejaron huella entre los que
antaño salíamos con las manos rojas de aplaudir
de los coliseos de la villa del Oso y el Madroño.


La Revista ha muerto, viva el Musical


                   La Revista ha muerto, viva el Musical.

La música en su punto álgido se hacía dueña del foro teatral. Eran las últimas notas de aquel entretenido espectáculo que aglutinaba situaciones cómicas, chistes fáciles, coros de bailarinas de cuerpos semivestidos, canciones de las vedettes (con más voluntad que acierto), decorados deslumbrantes, orquesta activa siempre acaparadora y todo ello formando parte de un libreto intrascendente, hábilmente diseñado para rellenar espacios. La apoteosis final hacía que los entusiastas del género despidan en pie a los protagonistas de la función.
Ellos por su parte, y en riguroso orden de importancia, aparecen en el escenario saludando con profusión al público, se inclinan cortésmente extendiendo sus brazos y miradas hacia todos los asistentes con la sonrisa del agradecimiento iluminando sus rostros. Por último la espléndida vedette, la hembra central del espectáculo, embutida en un carnavalesco y despampanante bikini de plumas, recorre, seguida fielmente por todo el elenco de la compañía, la pasarela del escenario, enviando amorosamente al público ostensibles gestos cariñosos que hacen la delicia del aforo, ella apenas puede gesticular dada la aparatosidad del traje que luce, pero en su amplia sonrisa se concentra la gratitud y simpatía que almacena.
Era la apoteosis final de LA REVISTA. Aquel espectáculo, en apariencia carente de calidad, con diálogos a veces absurdos y música facilona, que sin embargo llenaba a rebosar los teatros madrileños con el público más diverso.
Porque la revista gustaba, sus pegadizos números musicales se tarareaban por las calles madrileñas y las bailarinas eran asediadas en las puertas traseras de salida de personal de los teatros. Yo todavía rememoro el Pichi de Celia Gámez en el Alcázar, Soy madrileña de Maruja Díaz en el desaparecido Fontalba, y a la novia de Madrid Ana María, con el encanto de Queta Claver, en el teatro Martín, también la simpatía arrolladora de Lina Morgan, la reina de La Latina.

La revista ha muerto, desaparecido, sustituida por grandiosos musicales importados, Mamma mía, Jesucristo Superstar, El rey León y otros muchos de alta calidad. Pero el gracejo, la alegría y el sabor popular de la revista, dejaron huella entre los que antaño salíamos con las manos rojas de aplaudir de los coliseos de la villa del Oso y el Madroño.