viernes, 15 de enero de 2016

Mi amigo el chino


Bueno en realidad y para ser más exacto debía decir mi conocido el oriental, ya que como explico a continuación, no sé si es chino, coreano, japonés o de por ahí, pero como tiene los ojos rasgados y es bajito, lo primero que se me ha ocurrido es chino, dado que años ha, sólo conocíamos a los de aquel país.
En cuanto a lo de amigo, lo dejaremos en conocido someramente, ya que ni siquiera se como se llama. Pero viste mucho eso de tener un amigo chino….
Bien, pues a mi amigo el chino, o de donde sea, le conocí de la siguiente manera. Acudo normalmente a un establecimiento que solo dispone de dos mesas, ya que su fuerte está en el despacho en barra, dada la premura de los concurrentes. Constituye una proeza ocupar una de dichas mesas, ya que varios semejantes pululan por la zona, para sentarse a leer el periódico mientras saborean un cafelito y digo semejantes porque, al igual que el que suscribe, carecen del odioso deber de fichar a la entrada del trabajo, en el que cesamos por Orden Ministerial, debido a la asiduidad y perseverancia mostradas en acudir al mismo durante excesivos años. Es decir que nos jubilaron.
Bien pues hallándome en la textura de solicitar permiso a un aborígen, que no mostraba rasgos cordiales, o un chino, digo oriental que, tan formalito él, contemplaba como paseaba la gente por la acera próxima, << he de aclarar que las dos mesas están situadas junto a una amplia puerta>>, lo dicho, me decidí por el de los ojos entornados y con un gesto señalando la silla del otro lado de su mesa, inquirí si podía ocuparla.
El procedente del celeste imperio o aledaños, se puso ceremoniosamente en pié y saludándome con dos inclinaciones de cabeza me indicó el asiento vacío.
Bueno pues así empezó la juerga, ya fuera yo el sentado previamente o mi conocido, nos levantábamos y tras dos cabezazos para abajo, invitábamos al otro a tomar asiento.
Mi amigo el chino ó de donde sea, no habla una palabra de español y creo que tampoco de catalán, y yo no se una palabra de lejano oriente, así que cada uno a lo suyo, hasta que nos despedimos con los consabidos cabezazos.
Mi conocido oriental, tiene el pelo blanco, como el que suscribe, usa gafas de lectura también como su compañero y se pasa las horas mirando a los transeúntes o sacando unos papeles rarísimos de su bolsillo, los examina cautelosamente y hace alguna anotación con su bolígrafo. Mientras, yo me zampo el periódico de pe a pa, incluyendo horóscopo y previsión meteorológica y cuando plego gafas y periódico para partir, por lo general él continúa absorto en los transeúntes. A veces nuestras miradas se cruzan y los dos sonreímos con meneíto de de cabeza incluido.
Esta situación es un poco rara y consultando al camarero que se podría hacer, para romper el hielo, el listorro me dice que le pida me ayude a hacer el crucigrama… 

Habida cuenta de los mil y pico millones, ¿por qué no nos enseñaron chino en

lugar de latín, mi cuello lo habría agradecido.....

Estaciones...


La estación. Las estaciones tenían algo entrañable. Posiblemente en mayor o menor grado todas lo tengan, pero ahora me refiero a una estación de ferrocarril muy grande, Madrid Puerta de Atocha. Años ha, podían apreciarse en sus andenes situaciones muy emotivas, despedidas ostentosas a aquellos hijos, que maleta semiacartonada en mano, emprendían la aventura del servicio militar o del trabajo en otra provincia. Las madres se ponían moradas de lagrimeo mientras los padres opinaban : “¡ Déjale que se haga un hombre...! “, frase con profundo fondo filosófico. Yo recuerdo las partidas y arribadas de mi padre, quien por su trabajo viajaba con frecuencia. Acudíamos presurosos a la estación, mi madre y yo de la mano, para recibir al fumigoso ferrocarril, cuya negra locomotora ponía la estación perdida de humo y producía una sensación terrorífica al penetrar. Había que sacar un billete de andén muy barato para acceder a los andenes y allí aguardábamos impacientes la entrada del monstruo, quien con una estruendosa pitada, decía: aquí estoy. Mi progenitor que era de un vestir impoluto, portaba su cuello de camisa, blanco en origen, con un sombreado parecido al techo de la estación, cuyos cristales eran ya impenetrables por los rayos solares. Tras los saludos de rigor y sorteando a los maleteros, que se ganaban la vida bajo boina y portando equipajes a precios módicos, salíamos a la calle para luego volver a bajar por la estación del metro, al otro lado de la plaza. Comodísimo…Siempre nos traía un presente que aceptábamos con cariño, pero la mayor alegría era cuando anunciaba: “ ¡Y ahora tres meses en Madrid...! “. El bendito teatro que nos permitió soportar aquellos años de carestía…. Bueno, no nos salgamos del tema. Las estaciones eran entrañables como he dicho por ser lugares de efusivas despedidas y alegres reencuentros, eran la chispa de la monotonía. Era hasta motivo de alegría decir: “ ¡Mañana voy a la Estación...! “. Pero la cosa ha cambiado. El público ya no accede a los andenes porque existen unos tornos que precisan del billete de viaje. Se acabaron los abrazos a pie de andén, los pañuelos al viento y las manos alzadas. Casi nadie despide a nadie y si lo recibe es en la cafetería. Ha terminado la ilusión, la espontaneidad del abrazo emocionado. También ha terminado, afortunadamente, el copioso humo y los emboinados mozos portamaletas que nos asediaban con sus carritos. Pero que quieren...,¡a mi todo aquello me gustaba …! José Luis.

Sobre cuentos

¡Qué bonitos eran los cuentos...! pero no me estoy refiriendo a los publicados en tebeos o libros específicos que también tenían verdadero interés, me estoy refiriendo a los cuentos relatados por nuestros mayores, padres, abuelos, etc., aquellos cuentos que, generalmente inventados, brotaban de sus labios con la intención de acompañar a los niños en las últimas horas del día, ayudarles a coger el sueño y la intención de que se sumergieran en un mundo de ilusión, distinto del disfrutado durante el día. Un mundo inventado, con personajes inventados y situaciones maravillosas para que así tuvieran el más feliz de los sueños. Yo imagino la escena en que el abuelo, enfundado en su batín marrón estaba sentado entre dos pequeñas camas. En ellas y surgiendo del embozo de las sábanas, podían verse las caritas ilusionadas de un niño de cabellos rizados a su derecha y una niña rubia de pálida faz a su izquierda. El momento era importante y esperado para ellos, habían penetrado rápidamente entre las sábanas con la ilusión en sus mentes, era la hora de los cuentos. La hora en que el abuelo cansado o no, con ganas o sin ellas, comenzaba a relatar a los niños los esperados cuentos. Como era natural y una vez agotado el repertorio de los cuentos clásicos, casi todos tenía que inventarlos sobre la marcha. El primero tenía que protagonizarlo alguna princesa, que por supuesto era bellísima, pero que estaba triste por algún motivo, esta causa desaparecía a lo largo del cuento y al final sonreía y gritaba plena de felicidad, casi siempre un príncipe muy bueno era quien devolvía la alegría a la princesa, bien matando a la bruja, salvándola del dragón y por supuesto casándose con ella. Eran los cuentos que a la dulce Betty le encantaban. Después venía el cuento para Carlitos. Este era algo más complicado pues tenía que incluir coches que corrían mucho, animales fabulosos ó batallas entre buenos y malos. El niño era algo más exigente y obligaba a su abuelo a exprimir su inventiva, pero él lo hacía como si le fuera la vida en ello y sin apartar la vista de la cara del niño para apreciar su interés. Cuando los ojos de los niños comenzaban a caer abatidos por el sueño incipiente, el abuelo esbozaba una sonrisa de autocomplacencia. Había cumplido su misión, los niños ya dormían soñando tal vez con hadas, princesas, o países de ensueño. Pero aquella noche el abuelo rendido, se recostó al lado del niño, tras subirle el embozo de la sábana y cerró los ojos agotado. Un hermoso cuarto creciente lunar se filtraba a través de las cortinas de la habitación en penumbra y dos ángeles etéreos, de esos que atraviesan muros y cristales fueron a posarse junto al trío durmiente. Uno de ellos con sedosos dedos acariciaba las mejillas de los niños y el otro tejió con habilidad una corona de laurel y la depositó sobre las nevadas sienes del anciano, que esta vez también comenzó a soñar con el paraíso. Eran los cuentos…., los bellos cuentos que escuchamos de pequeños y que a la vez relatábamos a nuestros hijos o nietos, tradición que ya escasamente se prodiga. ¡Díganme Vds. si hay algo más hermoso, si algo produce más ternura, que mientras le cuentas un cuento a un niño, el ver como poco a poco se le van cerrando los ojitos…!

El peladito

Ya casi nadie se acuerda de él, unos porque le conocieron poco, otros porque la memoria es así de ingrata, pero yo le recuerdo con mucho cariño. Me estoy refiriendo a aquel simple peladito mejicano llamado “Cantinflas”, interpretado por el genial actor Mario Moreno. Aquel personaje de andares singulares, vestimenta pobretona, gabardina al hombro y gorrito de feria era un ser de una gracia simple, con su lenguaje atropellado y pronunciación mejicana nos hacía estallar de risa con verle simplemente. Pero es que además interpretaba personajes conmovedores de una ternura infinita, siempre queriendo ayudar a quien lo precisara, siendo en su trato con los niños, tan niño como ellos, no dejándose avasallar por los poderosos con sus brillantes disquisiciones, que ni el mismo entendía. Inigualable y gracioso en sus papeles de torero, maestro, piloto, bailarín, peluquero, y tantos otros que nos hacían pasar momentos verdaderamente divertidos y que siempre finalizaba sus películas dejándote un sabor a sentimiento de buen ser humano, sencillo, ignorante porque así quería ser, pero de una candidez francamente enternecedora. Yo, como tantos otros, gocé de sus películas repetidas veces y disfruté a placer con las admirables interpretaciones del querido peladito mejicano. Pasados los años, quiero rememorarte mi admirado personaje, quiero enviarle a través de los cielos mi recuerdo afectuoso en forma de un abrazo al viento, en el que quiero expresar mi agradecimiento por tantos y tantos buenos ratos en tu compañía y en el que supongo incluyo a toda una generación de espectadores que nunca te olvidaremos. Hasta siempre Cantinflas. José Luis Guijarro Rios.

La estacion

La estación.

Las estaciones tenían algo entrañable.
Posiblemente en mayor o menor grado todas lo tengan, pero ahora me refiero a una estación de ferrocarril muy grande, Madrid Puerta de Atocha.
Años ha, podían apreciarse en sus andenes situaciones muy emotivas, despedidas ostentosas a aquellos hijos, que maleta semiacartonada en mano, emprendían la aventura del servicio militar o del trabajo en otra provincia.
Las madres se ponían moradas de lagrimeo mientras los padres opinaban :
“¡ Déjale que se haga un hombre...! “, frase con profundo fondo filosófico.
Yo recuerdo las partidas y arribadas de mi padre, quien por su trabajo viajaba con frecuencia. Acudíamos presurosos a la estación, mi madre y yo de la mano, para recibir al fumigoso ferrocarril, cuya negra locomotora ponía la estación perdida de humo y producía una sensación terrorífica al penetrar.
Había que sacar un billete de andén muy barato para acceder a los andenes y allí aguardábamos impacientes la entrada del monstruo, quien con una estruendosa pitada, decía: aquí estoy. Mi progenitor que era de un vestir impoluto, portaba su cuello de camisa, blanco en origen, con un sombreado parecido al techo de la estación, cuyos cristales eran ya impenetrables por los rayos solares.
Tras los saludos de rigor y sorteando a los maleteros, que se ganaban la vida bajo boina y portando equipajes a precios módicos, salíamos a la calle para luego volver a bajar por la estación del metro, al otro lado de la plaza. Comodísimo…Siempre nos traía un presente que aceptábamos con cariño, pero la mayor alegría era cuando anunciaba: “ ¡Y ahora tres meses en Madrid...! “.
El bendito teatro que nos permitió soportar aquellos años de carestía….
Bueno, no nos salgamos del tema. Las estaciones eran entrañables como he dicho por ser lugares de efusivas despedidas y alegres reencuentros, eran la chispa de la monotonía. Era hasta motivo de alegría decir: “ ¡Mañana voy a la Estación...! “.
Pero la cosa ha cambiado. El público ya no accede a los andenes porque existen unos tornos que precisan del billete de viaje. Se acabaron los abrazos a pie de andén, los pañuelos al viento y las manos alzadas. Casi nadie despide a nadie y si lo recibe es en la cafetería. Ha terminado la ilusión, la espontaneidad del abrazo emocionado. También ha terminado, afortunadamente, el copioso humo y los emboinados mozos portamaletas que nos asediaban con sus carritos.

Pero que quieren...,¡a mi todo aquello me gustaba …!
José Luis.

jueves, 3 de diciembre de 2015

Nuevo restaurante

Nuevo  restaurante.

  Llegamos al nuevo restaurante.   El local me da mosca, porque todo lo que montaban allí acababa cerrado.
Penetramos en el  local y un solícito camarero, algo oriental, nos acompañó a una mesa. A poco vino el que parecía ser el encargado, boli en mano nos entregó una carta de vinos, que parecía la lista de la lotería...
.- No, tráiganos el de la casa y una Casera.
.- Como manjares tenemos conejo estofado, ternera en salsa Orly, lenguado calabrés…
.- Mire tráiganos el conejo, que parece más hispano… ¿no…?
.- Para los dos, -agregó mi amigo-.
Rematamos el almuerzo con un helado de turrón y tras abonar la minuta, salimos a dar un paseo para bajar la comida, en el que se produjeron sendos eructus Magnus, que según Hipócrates son suspiros de satisfacción.
.- ¿Qué te ha parecido…, aceptable verdad?
.- Bueno, lo que no sabemos seguro es si era conejo o gato…
.- Pues ahora que lo dices, últimamente no se ve un gato por el barrio.

Mi amigo no sabía que yo era algo supersticioso, bueno un poco bastante, y aquella salvedad se me quedó dentro y de tal manera, que con disimulo y desde ese momento no hacía más que buscar con la mirada algún gato, que rectificase la opinión de mi amigo.
Al regresar a casa, ya con la tarde avanzada saludé a la portera:
.- Buenas noches doña Mercedes, ¿y su gatito, anda por ahí…?
.- ¡Calle, calle, que Manolo y yo tenemos un disgusto…!
.- ¡No me diga que ha desaparecido…!
.- No, que le atropelló un taxi y me lo trajeron reventadito…
Yo tenía que cerciorarme:
.- ¿Lo enterrarían, no…? Pobrecito.
.- Pues si, lo metimos en una caja de cartón y lo llevamos a la Casa de Campo. Allí al lado de un olmo a la derecha entierran a muchos…
.- Animalito, pues les doy mis condolencias.
No me quedé tranquilo y me dije: "Mañana voy a comprobar las sepulturas...”

A la mañana siguiente y tras el desayuno, en vez de decir “adios” a la familia, se me escapó un “Miauu…”, que los dejó con cara de haba.
En la Casa de Campo habían puesto un guarda al lado del olmo de marras. Pregunté el motivo y me aclararon:
.- Es que últimamente hay por aquí mucho meneo, sabe..
.
Fui al mercado y me eché al bolsillo tres sardinas que robé en la pescadería, me senté en un banco del Parque y me las comí crudas. Perseguí entre los arbustos a una gata en celo que me había enseñado el culo y salí de allí despavorido porque un bulldog la tomó conmigo. Me encontré a mi amigo en la cafetería, con la cara llena de arañazos sorbiendo un tazón de leche...
 Los dos nos mirábamos con tristeza, decidimos que aquel atardecer nos daríamos un paseíto por los tejados del barrio…




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miércoles, 11 de noviembre de 2015

OFICIOS ANTIGUOS



                           Oficios antiguos.

     A veces uno recuerda personajes de entonces…, que ya raramente se prodigan: el afilador, el pregonero de los trapos, muebles viejos y cacharros a vender y comprar, el lañador, el sereno, el cartero con su maletón, el que vendía por un real los resultados de los partidos a la salida del metro y otros tantos.
  Estos pseudo—oficios han ido desapareciendo. Algunos reaparecen en determinados momentos, como los barquilleros en las verbenas o algunas castañeras en fríos inviernos y cuando los veteranos los encontramos, parece que algo se nos sube a la garganta.
  Viene esto a colación por el recuerdo de una de mis últimas visitas verbeneras. No recuerdo la calle pero si el barrio, Latina, en una de sus calles estrechas. Entre dos bares, con olor a calamares y pescadito, distinguí a una anciana sentada en una banqueta plegable en actitud recogida, a su lado yacía sobre el suelo un botijo blanco de regular tamaño. Mi mente retrocedió más de cincuenta años, cuando en las calenturientas noches de Agosto,  recorríamos los puestos verbeneros con las manos en bolsillos, algo vacíos,  y la ilusión por tesoro. Solo podíamos acceder a las gentiles aguadoras.  Mi intención de penetrar en un  bar y beberme una cerveza se convirtió en un impulso repentino. Me dirigí a la mujer y tomando el botijo del suelo escancié un largo trago de agua, fresquita por cierto, y a continuación deposité una moneda de un euro en su mano. La mujer miró la moneda y levantó la mirada en la que vislumbré una sonrisa.       Creo que los dos nos sentimos felices…