viernes, 15 de enero de 2016

El peladito

Ya casi nadie se acuerda de él, unos porque le conocieron poco, otros porque la memoria es así de ingrata, pero yo le recuerdo con mucho cariño. Me estoy refiriendo a aquel simple peladito mejicano llamado “Cantinflas”, interpretado por el genial actor Mario Moreno. Aquel personaje de andares singulares, vestimenta pobretona, gabardina al hombro y gorrito de feria era un ser de una gracia simple, con su lenguaje atropellado y pronunciación mejicana nos hacía estallar de risa con verle simplemente. Pero es que además interpretaba personajes conmovedores de una ternura infinita, siempre queriendo ayudar a quien lo precisara, siendo en su trato con los niños, tan niño como ellos, no dejándose avasallar por los poderosos con sus brillantes disquisiciones, que ni el mismo entendía. Inigualable y gracioso en sus papeles de torero, maestro, piloto, bailarín, peluquero, y tantos otros que nos hacían pasar momentos verdaderamente divertidos y que siempre finalizaba sus películas dejándote un sabor a sentimiento de buen ser humano, sencillo, ignorante porque así quería ser, pero de una candidez francamente enternecedora. Yo, como tantos otros, gocé de sus películas repetidas veces y disfruté a placer con las admirables interpretaciones del querido peladito mejicano. Pasados los años, quiero rememorarte mi admirado personaje, quiero enviarle a través de los cielos mi recuerdo afectuoso en forma de un abrazo al viento, en el que quiero expresar mi agradecimiento por tantos y tantos buenos ratos en tu compañía y en el que supongo incluyo a toda una generación de espectadores que nunca te olvidaremos. Hasta siempre Cantinflas. José Luis Guijarro Rios.

La estacion

La estación.

Las estaciones tenían algo entrañable.
Posiblemente en mayor o menor grado todas lo tengan, pero ahora me refiero a una estación de ferrocarril muy grande, Madrid Puerta de Atocha.
Años ha, podían apreciarse en sus andenes situaciones muy emotivas, despedidas ostentosas a aquellos hijos, que maleta semiacartonada en mano, emprendían la aventura del servicio militar o del trabajo en otra provincia.
Las madres se ponían moradas de lagrimeo mientras los padres opinaban :
“¡ Déjale que se haga un hombre...! “, frase con profundo fondo filosófico.
Yo recuerdo las partidas y arribadas de mi padre, quien por su trabajo viajaba con frecuencia. Acudíamos presurosos a la estación, mi madre y yo de la mano, para recibir al fumigoso ferrocarril, cuya negra locomotora ponía la estación perdida de humo y producía una sensación terrorífica al penetrar.
Había que sacar un billete de andén muy barato para acceder a los andenes y allí aguardábamos impacientes la entrada del monstruo, quien con una estruendosa pitada, decía: aquí estoy. Mi progenitor que era de un vestir impoluto, portaba su cuello de camisa, blanco en origen, con un sombreado parecido al techo de la estación, cuyos cristales eran ya impenetrables por los rayos solares.
Tras los saludos de rigor y sorteando a los maleteros, que se ganaban la vida bajo boina y portando equipajes a precios módicos, salíamos a la calle para luego volver a bajar por la estación del metro, al otro lado de la plaza. Comodísimo…Siempre nos traía un presente que aceptábamos con cariño, pero la mayor alegría era cuando anunciaba: “ ¡Y ahora tres meses en Madrid...! “.
El bendito teatro que nos permitió soportar aquellos años de carestía….
Bueno, no nos salgamos del tema. Las estaciones eran entrañables como he dicho por ser lugares de efusivas despedidas y alegres reencuentros, eran la chispa de la monotonía. Era hasta motivo de alegría decir: “ ¡Mañana voy a la Estación...! “.
Pero la cosa ha cambiado. El público ya no accede a los andenes porque existen unos tornos que precisan del billete de viaje. Se acabaron los abrazos a pie de andén, los pañuelos al viento y las manos alzadas. Casi nadie despide a nadie y si lo recibe es en la cafetería. Ha terminado la ilusión, la espontaneidad del abrazo emocionado. También ha terminado, afortunadamente, el copioso humo y los emboinados mozos portamaletas que nos asediaban con sus carritos.

Pero que quieren...,¡a mi todo aquello me gustaba …!
José Luis.

jueves, 3 de diciembre de 2015

Nuevo restaurante

Nuevo  restaurante.

  Llegamos al nuevo restaurante.   El local me da mosca, porque todo lo que montaban allí acababa cerrado.
Penetramos en el  local y un solícito camarero, algo oriental, nos acompañó a una mesa. A poco vino el que parecía ser el encargado, boli en mano nos entregó una carta de vinos, que parecía la lista de la lotería...
.- No, tráiganos el de la casa y una Casera.
.- Como manjares tenemos conejo estofado, ternera en salsa Orly, lenguado calabrés…
.- Mire tráiganos el conejo, que parece más hispano… ¿no…?
.- Para los dos, -agregó mi amigo-.
Rematamos el almuerzo con un helado de turrón y tras abonar la minuta, salimos a dar un paseo para bajar la comida, en el que se produjeron sendos eructus Magnus, que según Hipócrates son suspiros de satisfacción.
.- ¿Qué te ha parecido…, aceptable verdad?
.- Bueno, lo que no sabemos seguro es si era conejo o gato…
.- Pues ahora que lo dices, últimamente no se ve un gato por el barrio.

Mi amigo no sabía que yo era algo supersticioso, bueno un poco bastante, y aquella salvedad se me quedó dentro y de tal manera, que con disimulo y desde ese momento no hacía más que buscar con la mirada algún gato, que rectificase la opinión de mi amigo.
Al regresar a casa, ya con la tarde avanzada saludé a la portera:
.- Buenas noches doña Mercedes, ¿y su gatito, anda por ahí…?
.- ¡Calle, calle, que Manolo y yo tenemos un disgusto…!
.- ¡No me diga que ha desaparecido…!
.- No, que le atropelló un taxi y me lo trajeron reventadito…
Yo tenía que cerciorarme:
.- ¿Lo enterrarían, no…? Pobrecito.
.- Pues si, lo metimos en una caja de cartón y lo llevamos a la Casa de Campo. Allí al lado de un olmo a la derecha entierran a muchos…
.- Animalito, pues les doy mis condolencias.
No me quedé tranquilo y me dije: "Mañana voy a comprobar las sepulturas...”

A la mañana siguiente y tras el desayuno, en vez de decir “adios” a la familia, se me escapó un “Miauu…”, que los dejó con cara de haba.
En la Casa de Campo habían puesto un guarda al lado del olmo de marras. Pregunté el motivo y me aclararon:
.- Es que últimamente hay por aquí mucho meneo, sabe..
.
Fui al mercado y me eché al bolsillo tres sardinas que robé en la pescadería, me senté en un banco del Parque y me las comí crudas. Perseguí entre los arbustos a una gata en celo que me había enseñado el culo y salí de allí despavorido porque un bulldog la tomó conmigo. Me encontré a mi amigo en la cafetería, con la cara llena de arañazos sorbiendo un tazón de leche...
 Los dos nos mirábamos con tristeza, decidimos que aquel atardecer nos daríamos un paseíto por los tejados del barrio…




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miércoles, 11 de noviembre de 2015

OFICIOS ANTIGUOS



                           Oficios antiguos.

     A veces uno recuerda personajes de entonces…, que ya raramente se prodigan: el afilador, el pregonero de los trapos, muebles viejos y cacharros a vender y comprar, el lañador, el sereno, el cartero con su maletón, el que vendía por un real los resultados de los partidos a la salida del metro y otros tantos.
  Estos pseudo—oficios han ido desapareciendo. Algunos reaparecen en determinados momentos, como los barquilleros en las verbenas o algunas castañeras en fríos inviernos y cuando los veteranos los encontramos, parece que algo se nos sube a la garganta.
  Viene esto a colación por el recuerdo de una de mis últimas visitas verbeneras. No recuerdo la calle pero si el barrio, Latina, en una de sus calles estrechas. Entre dos bares, con olor a calamares y pescadito, distinguí a una anciana sentada en una banqueta plegable en actitud recogida, a su lado yacía sobre el suelo un botijo blanco de regular tamaño. Mi mente retrocedió más de cincuenta años, cuando en las calenturientas noches de Agosto,  recorríamos los puestos verbeneros con las manos en bolsillos, algo vacíos,  y la ilusión por tesoro. Solo podíamos acceder a las gentiles aguadoras.  Mi intención de penetrar en un  bar y beberme una cerveza se convirtió en un impulso repentino. Me dirigí a la mujer y tomando el botijo del suelo escancié un largo trago de agua, fresquita por cierto, y a continuación deposité una moneda de un euro en su mano. La mujer miró la moneda y levantó la mirada en la que vislumbré una sonrisa.       Creo que los dos nos sentimos felices…











jueves, 30 de julio de 2015

Cosas mías

Resulta que otra vez la antipática y pálida página desierta me desafía a rellenarla y no puedo permitir
que me presuma ausente de alguna comunicación, de tema alguno que compartir con mis posibles
 lectores, por ello voy a expresar un sentimiento que la mala fortuna me ha hecho albergar:
    Esta vez y por el accidente sufrido en mi viaje a la península, no me ha dado tiempo en dos
escasos días, contemplar, según costumbre, desde la Puerta de Alcalá esa visión, tan querida
 por mi, de la calle del mismo nombre hacía Cibeles y su hermanamiento en la lejanía
 con la Gran Vía, ( aquella que fue sede de criadas y de horteras,....como decía el chotis)
Una vista para mi entrañable, junto a otras que ahora imagino. Tampoco  he podido recorrer mi
Plaza de Santa Ana, donde viví muchos años junto al Teatro Español. Hoy mi antiguo hogar
 es un anexo del citado teatro, donde en mi juventud podía verse el mejor teatro de España:
Fuenteovejuna, La vida es sueño, Seis personajes en busca de autor, Don Juan Tenorio, Edipo,
Diálogos de Carmelitas, Un soñador para un pueblo, y tantas y tantas inolvidables.
 La plaza donde los niños jugaban y los poetas pensaban. Cafés y bares frecuentados por artistas,
toreros y  gitanos de tronío  Tampoco he podido recorrer la calle donde nací, Ibiza, entrar a su través
 por la puerta del Retiro. Recorrerlo y salir por la Cuesta de Moyano para recorrer sus casetas
de libreros de ocasión, todo un espectáculo. Finalizar en Atocha en el café del Brillante disfrutando
 unos calamares de lo mejorcito de Madrid, He tenido que prescindir de un rico pollo a la sidra
y chorizo  en la asturiana Casa Mingo, ¡otra vez será...!
  Y no me he podido asomar, con las manos en los bolsillos por si acaso, por la Ribera de Curtidores
para ojear ligeramente los ouyestos del Rastro.

     No importa,,,. están en mi corazón y por ahora me desquitaré con mi Playa de las Canteras,
que también es mía, donde su brisa y atardeceres también me hacen soñar.
¡Qué más quiero...!     Esto de ser Piscis se las trae....

miércoles, 15 de julio de 2015

MIS MULETAS



                                       MIS  MULETAS.

 Las muletas que por ahora utilizo me han dado a entender que soy conocido en el barrio.
Unos y otros cuando se cruzan conmigo me inquieren: ¿Pero qué le ha pasado…? ¿Cómo va eso…? ¿Mejorando,,,no…?  . Contesto: <<Pues sí, mejorando, poco a poco voy saliendo, y así…
Es inaudito la cantidad de gente que me conoce, personas que me he cruzado en mis paseos con las que nunca crucé palabra alguna, si acaso alguna inclinación de cabeza, conocidos de vista, se interesan por mi salud. Se apartan para cederme el paso, me facilitan el asiento en las terrazas, son curiosos y amables y yo agradecido correspondo a sus preguntas amablemente.
He tenido que caerme y verme obligado, quiera Dios que  temporalmente,  a precisar de unas muletas para darme cuenta de que no estoy solo y de la bondad de mis semejantes.
En adelante prometo prodigar mi saludo amigablemente, en correspondencia a esta amabilidad.

Se lo debo a mis muletas

sábado, 11 de julio de 2015

EL DERBY




   La sirena de interrupción del trabajo lanzó su bramido a los aires y Manolo salió disparado hacia los aseos y vestuario. De repente la cara se le iluminó de alegría. Recordaba que hoy era el día del derby, el partido de futbol entre su equipo favorito y su eterno rival y como quiera que era televisado, podría verlo cómodamente en su domicilio, aposentado en su sillón favorito, con un buen cubata a mano y unos pistachos de acompañantes.
   Miró su reloj de pulsera, todavía faltaba media hora y vivía a diez minutos de donde se encontraba, recordó que no tenía pistachos y se introdujo en el súper del barrio, adquiriendo una bolsa de tamaño respetable.
   Subió las escaleras de su casa de dos en dos y como un bólido penetró en el cuarto de estar, encendió la televisión, acomodó su sillón, preparó su cubata y esparció los pistachos en un plato. Todo estaba preparado.
  Por suerte no había nadie en casa y podría disfrutar del encuentro sin molestias.
  Ya acomodado presenció la salida de los equipos y el sorteo de campos. En ese momento sonó el timbre de la puerta y Manuel salió disparado a abrir, era su mujer regresando del supermercado, apareció cargada de bolsas.
  —  Manolo, échame una mano, he dejado cuatro bolsas en el portal porque no puedo con todo, haz el favor de subírmelas.
   Ya empezamos a xoder pensó para sí.
  —   Enseguida, cariño  —Y se tiró, más que bajó, escaleras abajo, con tan mala suerte que en el último tramo notó algo así como un tirón en la pierna izquierda, al que de momento no dio importancia.
   Depositadas las bolsas en la cocina, se encaminó a su trono, dio un sorbo al brebaje y se concentró en el derby.                                                                              
No llevaba diez minutos sentado cuando nuevamente surgió otro aviso.
Sonó el teléfono en el pasillo y pensó <<¿a qué es para mi,..leche..?
  —  Manolo te llaman por teléfono— se levantó con presteza y notó otra vez el tirón con algo más de intensidad. Se trataba al parecer, de un antiguo amigo.
 — Manolo, Manolete, ¿qué es de tu vida,  a qué no me conoces  chavalín?....
 — Pues así de golpe, la verdad no…
 — Soy Ricardo, el de los Donuts…
 — ¿Cómo de los Donuts?, no caigo..
   —  El que se sentaba a tu lado en el cole y siempre estaba comiendo Donuts. ¿No te acuerdas…?
   — ¡Claro hombre, claro! — ¡hay que joderse el de los Donuts, a la hora del partido! — ¿y cómo te va hombre— la pierna seguía jodiendo…-
—  Pues tirando, ya sabes que me separé y…
— Pero si no sabía que te habías casado, ¿cómo coño voy a saber que estás separado?...
 —   Es verdad, pues como te decía…
 —   Perdona un momento, llaman a la puerta.
Corriendo y con el tirón jodiendo todavía más, fue al cuarto de estar a ver cómo iba el derby. A su equipo le habían expulsado dos jugadores y seguía empatado a cero. En ese momento llegó su hijo con un amigo.
Volvió al teléfono.
 —  ¿Cómo decías...?
 —  Pues eso que vivo sólo, bueno no tan sólo tengo un liguete por etapas para ir tirando, ¿oye, a ti te gustaba mucho el futbol, no…?
 —  Pues sí, precisamente…
 — Un día de estos es el derby, yo a veces lo veo por ahí, tengo la tele estropeada sabes.
 — Mira el derby es hoy y si no te importa voy a ver si puedo ver algo, ya nos veremos otro día…
— Natural hombre, ya nos veremos. -- Y colgó.
En el cuarto de estar estaban cómodamente repanchingados Manolín con su amiguete, del cubata y los pistachos no quedaba ni rastro y el partido estaba en el descanso.                                                         
 — ¡Ánimo papi, tu equipo sólo pierde por dos a cero y está con nueve...!  ¡Claro no le apoyas...! 
 ¡Será cabroncete el nene!, claro ha salido a mi suegra que no me puede ver.  Cojeaba ostensiblemente pero no se lo pensó dos veces, cogió la chaqueta y un paraguas para apoyarse y abrió la puerta de la calle, al salir su mujer le dijo desde el pasillo.
 — ¿Pero dónde vas a estas horas Lolo, y cojeando?.
 — ¡Qué no me llames Lolo, eso es cosa de tu madre! Me voy a ver el partido si puedo al bar, y no cojeo, es un baile nuevo. Me voy a tomar cuatro cubatas seguidos y medio kilo de pistachos y como esto no se arregle, no va a quedar un limpiaparabrisas sano en el barrio.
    Al entrar en el bar y tras echar una ojeada comprobó que estaba lleno, se apoyó en la barra desde donde, y entre cabezas, podía vislumbrar algo de la pantalla. Pero al cabo de un rato su vecino de barra se le quedó mirando y de repente exclamó:

 —  ¡Coño Manolo qué sorpresa, verte tan pronto, soy Ricardo, Ricardete...!