Hacxe ya algunas semanas acudí a presenciar una exposición de cuadros pictóricos en cierta capital, realizada por cierto autor, de cuyos nombres no acierto a acordarme.
Tratábase de una estancia de unos cien metros cuadrados de cuyas paredes pendían algo así como
treinta y pico cuadros, así llamados, que recorrí casi por cortesía empleando más tiempo del que a
mi juicio era preciso. A su término y ya dispuesto a retirarme, observé que una señorita muy mona,
sonrisa en rostro repartía folletos recordatorios del evento.
Dispuesto a platicar un rato y observarla con más detalle, aguardé a quedarme el último y sin más
requiebros pregunté:
-- Señorita, ¿me puede informar del horario del explicador...?
-- ¿El explicador, que es eso...? --contestó.
-- Pues tiene que haber alguien que explique esos cuadros, porque lo que es por mi parte y me imagino
que por la de la mayoría, me he quedado in albis. Es decir que no entiendo nada...
La gentil azafata esbozó una sonrisa resaltando sus encantos.
-- No me diga -- continué -- que una persona normalita puede discernir en esa híbrida combinación
de colores , en esas rayas atravesadas, rombos torcidos, ni en esa especie de silla sin asiento, algo identificable. Supongo que al igual que el Guernica, verdadero crucigrama, algo tiene que representar.
Pero a mi el citado me lo explicaron pacientemente y algo se me quedó. Aquí no veo por ninguna parte explicador alguno.
Su dulce mirada no experimentó reacción alguna y pronta respondió:
--Mire yo creo que todo es cosa de imaginación, cada uno imagina lo que quiere ver en realidad...
--¡Y el que no aprecie nada que le zurzan no...!
-- Bueno, yo estaba en el paro y me tienen aquí por horas...yo...
Un rictus mohino aprecié en sus bellos ojos. Reaccioné rapidamente.
-- Claro, ¡Ya lo entiendo...! La verdadera exposición es la bella azafata en escena, es perfecta,
.los cuadros son para despistar...Muy ingenioso, recomendaré la visita a mis amistades.
Una amplia sonrisa iluminó sus facciones y la satisfación se reflejó en su rostro.
La dejé con la felicidad dibujada en sus labios y yo también partí satisfecho al verificar lo poco
que cuesta a veces, hacer felices a los demás...
jueves, 18 de junio de 2015
viernes, 5 de junio de 2015
Orígenes
o Sobre los orígenes.
- Casi sin querer he percibido una conversación, en la mesa vecina de la cafetería que frecuento, que me ha hecho pensar sobre su grado de certeza. Intentaré describir lo mejor posible los comentarios escuchados.
- Decía uno de ellos:
— A
mí esto de las nacionalidades, de las regiones, de las provincias, etc., que
hacen a muchos sacar pecho y provocan la consiguiente discusión comparativa,
así como el afán desmedido de exaltar la propia idiosincrasia, con el evidente
fin de ponerla un peldaño superior a las ajenas, me parece ridículo. Es más creo que lo
verdaderamente importante es el concepto de barrio.
— ¿Cómo
de barrio…? — interrumpía el otro — explícate…
— Verás,
a mí lo importante, lo que me interesa es mi hábitat, la zona en que vivo, el
ambiente que me rodea. Y para definirlo, no hay nada más sencillo que la
palabra barrio. No importa donde se haya nacido, o vivido largo tiempo sin
llegar a echar raíces, lo que importa es lo que te rodea habitualmente, lo que
respiras a diario y eso es mi barrio.
— Bien,
pero el concepto barrio es un término poco…, digamos técnico.
- Así de pronto, parece referirse a unas manzanas de viviendas, más o menos definidas, que forman un núcleo y cuyas agrupaciones dan lugar a las ciudades, entonces…
- —Te equivocas, verás, mi barrio empieza en mi casa, en mi familia, en mis amigos presentes o ausentes, en los vecinos que saludo a diario al cruzármelos en la escalera o en la calle.
- El barrio no está compuesto solo por casas. Mi barrio es la cafetería en la que tomó un cortadito todos los días, es el puesto de periódicos que visito, es la vendedora del cupón de ciegos a quien a veces me dirijo. Mi barrio es el corto camino que me conduce a la cercana playa, e incluso su Avenida, que por su amplitud también pertenece a otros barrios.
- Mi barrio son las palmeras, algunas algo decrépitas, que pueblan las calles adyacentes, es el olor que desprende el pan caliente del horno cercano. También es mi barrio, ese extranjero que se sienta en un banco frente al supermercado, accionando un acordeón de aires tristones y solicitando una ayuda, el perro perteneciente a cierto paseante, con el que a veces me cruzo y nunca me saluda y que por cierto me mira con aire de desconfianza (conocerá que platico contra las meadas caninas).
- Mi barrio es el supermercado, que cada día cambia los anuncios de sus ofertas. Es la tienda de todo un poco, que a veces recorro sin fin alguno.
- Mi barrio es la humedad ambiental en los días de calima y ese fresquito que circula en los atardeceres en primavera. También mi barrio son esos bancos que se me ofrecen, y utilizo a veces, para alivio de las articulaciones y el estanco de las quinielas donde la ilusión se estrella tantas y tantas veces.
·
En fin mi barrio son muchas cosas, supongo que
como el de cada uno, y que constituyen mi vagar diario. El barrio no tiene
dimensiones, puedes extenderlo hasta donde tu necesidad de campo vital precise,
admite cambios de decoración y de personajes. No es un territorio cerrado.
Amigo mío, el barrio es lo verdaderamente importante para cualquiera de
nosotros.
·
No hace falta ponerle un nombre, da igual.
Cuando alguien requiere mi origen, yo contesto simplemente:
·
“Yo soy de mi barrio, y en cuanto a mi patria,
con toda certeza, mi patria empieza en mi barrio, es mi infancia…”
·
Bien, pues creo que me adhiero plenamente a este
comentario.
·
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domingo, 19 de abril de 2015
Aquellos sabrosos portales...
Muchas veces, la mayoría, se lanza uno a pasear por esas calles sin destino premeditado, procurando evitar
la ruta realizada el día anterior a fin de realizar la ruta más amena, no solo para solaz de la vista, sino con la esperanza de encontrar algún conocido distinto a los habituales, ya de por si requetevistos.
Ayer sin más, opté por sentarme frente al mar tratando de vislumbrar la isla hermana, que a veces nos honra con su difuso perfil. Andaba por tales cuitas cuando percibí, no muy lejos ubicados, a dos enamorados, precisando macho y hembra, que sin cuita alguna y habilmente enroscados, trataban de succionarse los respectivoa intestinos mediante sus organos bucales. Al separarse, para tomar el aire digo yo, aprecié sus rostros algo amarillentos, como si emergieran de quince metros de profundidad buscando oxígeno tras tamaño sacrificio impuesto, al parecer, por por su mutuo y sorbetón aprecio. Estos chicos, pensé, lo pasan mal.
Tal escena vino a recordarme otros tiempos, a los que llamaré los de los sabrosos portales. En ellos las parejas de turno trataban de localizar aquellos tales que carecían de cierre hermético, o a realizar a altas horas de la noche, a fin de utilizarlos para el tímido ósculo o apretón de desfogue en el momento oportuno.
Bien es verdad que algunos cachondos les aplaudian al descubrirlos y más de una portera apareció escoba en ristre, para calmar la fogosidad de los protagonistas.
Evidentemente aquel romanticismo era menos, digamos profundo, pero muchísimo más divertido.-
la ruta realizada el día anterior a fin de realizar la ruta más amena, no solo para solaz de la vista, sino con la esperanza de encontrar algún conocido distinto a los habituales, ya de por si requetevistos.
Ayer sin más, opté por sentarme frente al mar tratando de vislumbrar la isla hermana, que a veces nos honra con su difuso perfil. Andaba por tales cuitas cuando percibí, no muy lejos ubicados, a dos enamorados, precisando macho y hembra, que sin cuita alguna y habilmente enroscados, trataban de succionarse los respectivoa intestinos mediante sus organos bucales. Al separarse, para tomar el aire digo yo, aprecié sus rostros algo amarillentos, como si emergieran de quince metros de profundidad buscando oxígeno tras tamaño sacrificio impuesto, al parecer, por por su mutuo y sorbetón aprecio. Estos chicos, pensé, lo pasan mal.
Tal escena vino a recordarme otros tiempos, a los que llamaré los de los sabrosos portales. En ellos las parejas de turno trataban de localizar aquellos tales que carecían de cierre hermético, o a realizar a altas horas de la noche, a fin de utilizarlos para el tímido ósculo o apretón de desfogue en el momento oportuno.
Bien es verdad que algunos cachondos les aplaudian al descubrirlos y más de una portera apareció escoba en ristre, para calmar la fogosidad de los protagonistas.
Evidentemente aquel romanticismo era menos, digamos profundo, pero muchísimo más divertido.-
lunes, 12 de enero de 2015
Fantasías de un nativo.
Las alfombras de hojarasca abatida por el viento pueblan las aceras de las calles de Madrid en este
Diciembre terminal, que camina hacia el nuevo año con una lentitud exasperante.
Las estatuas de los Reyes Godos, aquellos que iniciaron la unidad de los habitantes y reinos peninsulares
en pos de la formacion de una nación, vierten lágrimas de marmol desde sus ajados rostros; no se si
debido al frio reinante, al lamentable estado de sus reales efigies,o quizás porque algunos olvidan que son sus descendientes. En todo caso percibo que sufren achaques sus petreos corazones.
Hace frío intenso, las gentes circulan con premura haciendo caso omiso a los vistosos e iluminados escaparates, buscan el abrigo de tiendas y cafeterías, mientras el suelo sigue poblándose de hojas abatidas
por un moderado viento. No me gusta este triste panorama que induce al desánimo, no me resigno y
huyendo de la intemperie he decidido dirigirme hacia un cafetín del viejo Lavapiés, donde antaño paraba
un tal Isidro, un angel castizo que manejando su no menos viejo organillo, solía inundar el ambiente con
las notas de la Verbena o la Revoltosa. Madrid....
Diciembre terminal, que camina hacia el nuevo año con una lentitud exasperante.
Las estatuas de los Reyes Godos, aquellos que iniciaron la unidad de los habitantes y reinos peninsulares
en pos de la formacion de una nación, vierten lágrimas de marmol desde sus ajados rostros; no se si
debido al frio reinante, al lamentable estado de sus reales efigies,o quizás porque algunos olvidan que son sus descendientes. En todo caso percibo que sufren achaques sus petreos corazones.
Hace frío intenso, las gentes circulan con premura haciendo caso omiso a los vistosos e iluminados escaparates, buscan el abrigo de tiendas y cafeterías, mientras el suelo sigue poblándose de hojas abatidas
por un moderado viento. No me gusta este triste panorama que induce al desánimo, no me resigno y
huyendo de la intemperie he decidido dirigirme hacia un cafetín del viejo Lavapiés, donde antaño paraba
un tal Isidro, un angel castizo que manejando su no menos viejo organillo, solía inundar el ambiente con
las notas de la Verbena o la Revoltosa. Madrid....
miércoles, 5 de noviembre de 2014
El color del cristal...
El cristal con
que se mira.
Paseaba sus
morbideces sin complejo alguno, con desenfado y donaire, se balanceaba
ligeramente al prodigar sus amplios pasos, que hacían complicado el compartir
con otra persona la no muy amplia acera. Sabe que es obesa, la palabra gorda no
es de su agrado, pero le da igual porque cree que compensa este agravio de la
naturaleza con otras virtudes que la adornan. Es indiferente a las miradas
escrutadoras de los viandantes con que se cruza, ¿qué van a descubrir que ella
ya no sepa…? Su confesor y amigo, el amplio espejo de su habitación en que a
diario se contempla, no exactamente desnuda, la tiene informada al detalle de
cuanto precisa saber, es un examen casi diario en que se transmiten imágenes y
fabrican sensaciones.
« La verdad es que estoy algo gordita, pero en cambio
tengo unas cejas envidiables, es difícil conseguir un trazado tan elegante y
armonioso, jamás han precisado retoque alguno, son admirables.
También soy
algo amplia de cintura y mis muslos se han rellenado un poquito en demasía.
Pero mis
pantorrillas no son tan gruesas, son fuertes y dotadas de un zapato de tacón
más bien elevado, junto a una falda a rayas pueden constituir un conjunto
armonioso.
Lo peor es
el trasero, no hay forma de combatirlo, ¿pantalones…? ¡Ni hablar!, nada
ajustado, quizá una falda con vuelo o en corte, más bien larga. Sí, eso,
procuraré al caminar balancear mis brazos con donaire, para que se aprecien mis
manos de pianista y mis perfectas uñas, que siempre llaman la atención.
Mi boca no es nada desdeñable, tal vez los labios algo
carnosos, pero apetitosos. Son preferibles a esos labios híbridos que se ven
por ahí, que transforman la cara en una especie de hucha. Al pintarlos puedo
alargarlos un poco, ¡no me agradan las bocas pequeñas, boquitas de pitiminí..! »
Tras el
detallado examen y recorrido de su anatomía a través del espejo, casi siempre
llegaba a la conclusión de que las escrutadoras miradas ajenas, eran
simplemente actos de admiración hacia su persona.
« Estoy hermosa, derramo ondas de abundancia a mi
alrededor, debo ser consciente de tanta gracia que me hace sentir tan feliz. Si
me despojara de los casi cuarenta kilos que me sobran, tal vez no sería capaz
de lanzar estas miradas tan tiernas que dirijo a los ancianos, estas caricias
que prodigo a los niños, esta sensación de contemplar siempre el vaso medio
lleno, ésta satisfacción que me produce el respirar hondo a pleno pulmón,
ignorando las aceradas ballenas de mi ropa interior. La felicidad consiste en disfrutar
de lo agradable y transformar en ello todo cuanto no lo sea.»
Mientras
así razonaba y confortaba, su mano izquierda arrugaba con firmeza el ticket
proporcionado por la báscula con su desagradable información, depositándolo
después con desprecio en la primera papelera a su paso.
¡Está visto que con la moral no hay quien pueda…!
-------------------------
88.-
martes, 23 de septiembre de 2014
Melones
MELONES
Es
un hecho
y una realidad como un pino que a partir de cierta edad, la
idealización del pasado constituye una especie de recurso frente a
una realidad por la que nos vemos superados. En realidad solo sabemos
con certeza las cosas que empiezan a olvidarse.
Por ejemplo a veces idealizo aquellos puestos de melones, en el que sufridos
campesinos bajo un acondicionado toldo verde, hacinaban habilidosas
pirámides de melones. Generalmente no se situaban en zonas
céntricas de las ciudades o pueblos, sino más bien en los barrios
extremos por aquello de los permisos. Se trataba de una pareja que
cuando echaba el ciere, incluso dormitaba sobre una colchoneta en un
rincón. Se pregonaba la mercancía con voz varonil y autoritaria:
“¡De Villaconejos, los traigo de Villaconejos, como el
almíbar...Prueben, prueben...!”
Ella mientras
tanto, cuchillo en mano , se afanaba en cortar trocitos del producto
que repartía entre los concurrentes, alguna vez añadía: “¡niño vete
por ahí, que ya lo has probado cuatro veces...!”
El uniforme
masculino era el clásico pantalón de pana con gorra al pairo y
camisa blanca y ella vestido floreado con pañuelo en la testa, un
botijo colgaba en alguna parte.
Era todo un
cuadro, para muchos entrañable.
Ahora cuando me dirijo a algún local del barrio y le
solicito un ejemplar, preguntando con total reserva de dónde los
trae, me suelta “del campo,..del campo...”.
Y encima no sabe
pregonar...
J.L.G.R.
sábado, 2 de agosto de 2014
Recuerdos
Por el placer de volver a verla.
Tres
nubes raudas cruzaron el cielo. Nubes de forma agraciada y colorido tenue que
no presagiaban lluvia. Tras ellas, creí distinguir los rasgos de alguien
inolvidable. Un instante, pero suficiente.
Rememoré
otras épocas: Cuando aquel ángel deseándome buenas noches subía el embozo de mi
almohada para que durmiera calentito. Cuando amorosamente calmaba mi fiebre con
paños humedecidos. Cuando en tardes frías frotaba mis manos. Cuando reía sin
ganas para alegrarme..., ¡y tantos cuándos...!
Mi
vista anhelante escudriñó las alturas intentando volver a percibir su imagen,
solo por eso, por el título:
Por el placer de volver a verla.
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