viernes, 19 de junio de 2020

¡Esto no se hace....!



                             ¡Esto no se hace…!
 Cuando ya parecía que se habían acabado las tareas importantes, madrugones diarios, cursos, clases, los cochinos plazos y demás acciones más bien incómodas. Cuando solo restaba levantarse a las 10, si plugiere, ver pelís, futbol, viajar, pasear a destajo, y hacer vida de la buena, resulta que nos ha venido a visitar un tal Coronanosequé, a quien nadie había invitado que nos coarta la libertad, nos pone horarios, enmascara y nos trata como apestados.
Las calles están plagadas por autómatas que nos saludan con el codo, y con rostros cubiertos como si tuviéramos lepra o algo así, la alegría en sus miradas deja mucho que desear  y el  trotar, con el calor reinante, es más bien cansino y  se realiza con gesto apático, haciendo colas por doquier y evitando contactos que pudieran ser nocivos.
 Como corderos, en silencio como la peli, soportamos tamaño destino en espera de que la situación mejore y llegue un final aceptablemente digno, que nos permita mirarnos al espejo y cantar con entusiasmo aquello de: ¡Olé…, olé… y olé.
Porque hombre, leches, ¡a estas alturas esto no se hace…!
                                                                                        J.L.G.R.


miércoles, 3 de junio de 2020

La Copla



                                          La  copla.


Hay recuerdos y recuerdos, pero algunos se han quedado impresos en esta mente que tenemos por ordenador personal y que en determinadas ocasiones saltan a la palestra y nos producen una agradable y tierna evocación.

Para aquel que ahora aludo, tengo que situarme en el patio de butacas del Teatro Calderón de Madrid, un atardecer. Cierro los ojos, las luces se van extinguiendo poco a poco y el silencio se apodera del local. Una guitarra muy lentamente va percutiendo sus cuerdas y el escenario se  ilumina con acusada  lentitud, acompañando unos sones andaluces que pueden  ser seguidillas, alegrías o peteneras, no sé…, a mi me suenan a España.

 De entre las extintas sombras va apareciendo una figura sobre el escenario, es un hombre bajito con un sombrero cordobés en la mano que al cesar la guitarra entona con su armónica voz una canción que suena algo así… “como una mare no hay ná…, un hijo la pone buena…, con un beso…, con un beso nada más…”

Al percatarse de su aparición el público se pone en pié, le reconocen, le aplauden a rabiar, es el Gran Juan Valderrama, el rey de la copla española, y la ovación atronadora inunda de alegría a los asistentes y pone al descubierto alguna que otra  lágrima sentimental. Es lo mejor de la copla española que en nada tiene que envidiar al folklore de cualquier país. Tiene raíz andaluza, pero es acusadamente nacional,  cien por cien, y sus letras llegan adentro.


Juanito se ha lucido, El emigrante, La mare mía, Cortijo de los mimbrales, Pena mora, todo un repertorio. Nunca un cantaor tan menudo levantó ovaciones tan grandes.  

Abro los ojos y vuelvo a la realidad, un recuerdo emocionante.

¡Qué me quiten lo bailao….!                                  J.L.G.R.

miércoles, 6 de mayo de 2020

Curiosidad



                                         Curiosidad

Ya estamos otra vez en guerra, frente al ordenador con la intención de contar algo. <<Escribe, escribe mucho, para aprender a escribir>> perece que decía un tal Flaubert, apoyando el arte singular de juntar letras, producir palabras y transmitir pensamientos. Yo, que me considero un ávido lector y un aficionado escritor, a veces no encuentro tema interesante que exponer,  hay días nublados, pero me arriesgo a tal práctica contando con la tolerancia y beneplácito de mis posibles lectores, a los que agradezco un mucho su sacrificio.

Trataré hoy de relatar una profesión desaparecida que al leer un libro muy detallado de la historia de Madrid, he recordado y presenciado de hecho dicho ocupación. Parece ser que allá por mil setecientos y pico se produjo en el barrio de Lavapiés un pavoroso incendio  que destruyó unas cocheras con cuanto albergaban, es decir transportes de todo tipo de la época, se supone eran carromatos de tracción animal, que precipitaron al paro a cientos de operarios. Entonces y antes que el hambre hiciera acto de presencia, las mujeres de los cocheros idearon trabajar en sus viviendas la hoja de tabaco. Surgieron de hecho las cigarreras o tabaqueras.  Aún por los años 50  personalmente presencié la fabricación manual de cigarrillos en una casa que visitaba con frecuencia por amistad. Algunas veces, junto al inquilino, y con un pañuelo estilo cow-boy sobre boca y nariz, picábamos con un utensilio la hoja de tabaco hasta porciones mínimas, labor por cierto poco agradable. La señora empaquetaba los cigarrillos y los servía por encargo a domicilio a precios asequibles. Es decir que esta profesión surgió ante la falta  de trabajo. No deja de ser una curiosidad ignorada por la mayoría.

 

miércoles, 8 de abril de 2020

La Póliza



                                  La Póliza.

 

Acabo de leer una novela, de las antiguas, de las buenas, en las que se hacía referencia a esta palabra, que fue maldita para muchos y durante mucho tiempo.

Siempre que se cursaba alguna solicitud, sea del tipo que fuere, el agrio, por lo general, ocupante de la ventanilla de atención al público, tras calarse a fondo las gafas y leer detalladamente el contenido del escrito, levantaba la vista y lanzaba la pregunta maldita . “¿Y la poliza…?”

Generalmente en los organismos oficiales y para mantener el orden se aposentaban una pareja de  Grises, Policía nacional, que paseo arriba y abajo intimidaban a la concurrencia sin duda con la mejor de las intenciones.

Al recibir la airada pregunta del ventanillero y observar de reojo el vaivén de los antes citados, automáticamente te ponías amarillo y con sensación de diarrea.

—    ¡Ay madre que es eso…¡—exclamabas con la voz en un hilo.

—    Pero hombre, ¡no sabe usted que las instancias tienen que ir acompañadas de una póliza…!

—    ¿Y eso que es…?

—    Pues mire es una especie de sello, como los de correos, que venden en los estancos. En la esquina hay uno.

Dirigido al estanco y tras la pertinente cola, ya era la segunda que hacía, el estanquero me inquirió: “¿Una póliza  de cuánto…?

— ¡Sopla…yo que sé…!, mire yo lo que quería es tirar un tabique…

— A mí no me cuente usted su vida. ¿De cuánto …!

—¡Qué precio tienen …?

— Pues de 5, 25, 50 pts…

—No sé …, como el tabique es pequeño, démela de 25, creo bastará.

Personado de nuevo en la oficina relacionada, pretendí saltarme la cola, pero ante el abucheo general uno de los grises me señaló el final de la cola. Tercera.

—Hombre usted otra vez…

—Sí, con la póliza de marras…

      —Aquí sobra dinero…

      Una vez sellada,  recepcionada  y con el resguardo en

     mano, añadí:

—    Quédese la vuelta y sonría …¡coño..!.





                                                  



               


domingo, 5 de abril de 2020

ADAS



                   Suplicada  y  Subrayada.     

Aquí tenemos dos “adas” que tienen para mi sus recuerdos. Tiempo ha, pero  mucho ha, hice cola en la venta de sellos de Correos y Telégrafos de mi pueblo y al retirarme de la ventanilla para pegarlos en sus sobres correspondientes, una señora mayor me pidió que escribiera con mayúsculas  “SUPLICADA”  en un sobre que me tendió. Yo, que ignoraba este procedimiento, le ofrecí un sello al efecto pero lo rechazó diciéndome: “no hace falta, con esto llega…” Estoy hablando de los años cincuenta y tantos, claro está que no andábamos muy boyantes. El caso es que yo , recordando aquello y pasados algunos años, ensayé la maniobra. Y funcionó…, la carta llegó a su destino. No sé qué pasaría en la época actual pero me imagino la cara del sellador de aquellos tiempos  al ver que no había sello alguno, se diría: “pobre hombre o mujer…” y, con una sonrisa, sin más la pasaría por alto, estampando el sello correspondiente. Hoy en día, ¿haría lo mismo…? No sé…

   El otro “ada”, subrayada, tiene otra miga. Sobre las 15 ó 16 años yo solía ir los domingos al futbol, a ver a mi Madrid y lo hacía en compañía de algunos amigos, pero un día Iba a llegar un poco más tarde, como mis amigos eran los que sacaban las entradas me dijeron: “tu entrada se la dejamos al portero de la puerta 31, pregunta por Manolo…”

  Total que llegué con 15 minutos de retraso y el tal Manolo me entregó un sobre que anunciaba “para entregar a José Luis Guijarro “. Pero sin subrayar el nombre, aquello me mosqueó…Yo cuando envío algo a alguien subrayo con firmeza el nombre del destinatario. que no quepan dudas. Más que mosca, contemplé el espectáculo y a su término increpé al remitente del sobre…, por la ausencia de la rayita.

Claro…, aquella tarde perdió el Madrid….     J.L.G.R.  

sábado, 28 de marzo de 2020

Relojes



   Relojes. (tema  nada profundo, pero no doy para más..)



En esta más que triste tarde de Marzo, y eso que dicen ha empezado la primavera, de cielo grisáceo y feo se me ha ocurrido observar los cuentamomentos, es decir la variedad de relojes que en el salón de mi casa tengo a mi disposición. En primer lugar el que está colgado en una pared, imitación de los antiguos con sus contrapesos colgantes, que no hay forma de que deje de adelantar o retrasar según gire en un sentido u otro una tuerca ubicada en el péndulo. No hay forma de que el jodido aparato trabaje con exactitud y como me tiene harto…, he optado por ponerlo en hora con frecuencia y que me sirva solo de adorno. Luego está otro en el aparador, incrustado en una figura de porcelana, este más o menos cumple con su trabajo pero como me pilla un poco de lado, lo consulto raramente. El rey es el digital, con números bien visibles situado bajo la televisión, el más consultado que muestra asimismo fecha y temperatura, también es el inquilino más reciente. Por último mi reloj de muñeca, un modesto y rectangular Viceroy, ya algo veterano, pero que funciona como un clavo. En el cajón de mi mesilla de noche se albergan otros varios, adquiridos en tienda de saldos de la materia de la calle Bravo Murillo de Madrid,  que por su aspecto llamativo a veces me encaprichan, pero de dudosa calidad.

Esto me hace recordar la historia de mi primer reloj.

Tendría yo unos 16 años o por ahí. Me examiné por libre de la Reválida del Bachiller, estaba interno en la Escuela de Carabanchel, obteniendo el título ansiado. Mi madre se puso muy contenta y me llevó a una relojería de la calle del Carmen, recuerdo que era un primer piso, y eligió un Certina que me ilusionó notablemente. Lo conservé muchos años, era de cuerda obviamente, y no recuerdo que fue de él.   

Pero los que a mí me gustaban eran aquellos antiguos de cuco, en los que el sonido de la hora era acompañado, a veces, con la aparición del pajarillo. Algunos, prodigiosamente diseñados eran sumamente simpáticos, y uno, en su tierna mocedad, no podía evitar  una sonrisa de complicidad ante su inesperado cacareo.   

En el Palacio Real existe una sala dedicada a los relojes, los hay bellísimos y sofisticados y más de un rey prefirió entretenerse con ellos a los sórdidos asuntos de Estado.



                                                  J.L.G.R.








viernes, 20 de marzo de 2020

El buscón.


                                  El buscón.



No alarmarse amigos lectores, no voy a referirme a la famosa obra picaresca del afamado escritor, esa es Buscón con mayúscula, tan solo es que como nos ha dejado el invierno, la época  de la tristeza, “Oh les feuilles mortes sur les parcs…”, de los poetas lánguidos y también de los recuerdos, pues me ha venido a la memoria una historieta acaecida allá por los 50, cuando en compañía de otro adolescente vagábamos por las instalaciones del Buen Retiro madrileño, sin otra obligación que contemplar el estanque, los inexpertos remeros y la acumulación de la hojarasca por doquier, como era de esperar dada la estación pasada.

Repetidas veces habíamos observado como un hombre, ya peinando prominentes canas, de unos sesenta años, revolvía con su bastón los cúmulos de hojas caídas, sin duda para dar lugar a otras renovadas en la próxima primavera, como efímeras inquilinas de paso que se sabían. Revolvía y revolvía por doquier y a veces se echaba mano al bolsillo del abrigo como guardando algo apreciado. Ya cansados de observar su conducta le preguntamos en una ocasión por el motivo de sus pesquisas.

El buen hombre nos miró fijamente esbozando una incipiente sonrisa:

—Veréis, sois todavía muy jóvenes…, es que a veces encuentro alguna que otra lágrima,  las que más suspiros de amores intensos que me impresionan vivamente. Las lágrimas si no son de felicidad, lo aprecio por su color, me las guardo en el  bolsillo para eliminarlas y los suspiros me producen  tan emocionantes sensaciones que luego las plasmo en mis escritos…

   Desde entonces aprendí lo que era ser poeta…


     ¡Gracias  amigo….!